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Historia de las villas de Buenos Aires (1): de los conventillos a Villa Esperanza

Cómo nacieron los barrios precarios porteños: inmigración masiva, conventillos, la huelga de inquilinos de 1907 y los primeros asentamientos de Puerto Nuevo en 1932.

Redacción Soles Digital

Patio de conventillo con ropa tendida, vecinos sentados y hombres sacando sillas durante un desalojo
Desalojo en un conventillo de Buenos Aires, 1910 Foto: Archivo General de la Nación Argentina · Public domain · Wikimedia Commons

Las villas de Buenos Aires son el resultado de dos fuerzas que casi nunca se pusieron de acuerdo: las oleadas de gente que llegó a la ciudad buscando trabajo durante el siglo XX y los gobiernos que, una y otra vez, intentaron resolver el problema de la vivienda popular, muchas veces con desalojos antes que con casas. Esta primera entrega repasa el período que va desde la inmigración europea de fines del siglo XIX hasta la aparición de los primeros asentamientos de la década del treinta.

Lo que empezó como un refugio provisorio terminó siendo permanente. Con los años, esos barrios generaron identidades, organizaciones y una cultura propia, y la palabra "villero" pasó a nombrar una condición social. Los censos dicen cuánta gente había, pero no cómo vivía: buena parte de esa memoria quedó en la crónica, la literatura y el relato de los vecinos.

Una ciudad que creció de golpe

El modelo agroexportador que impulsó la llamada Generación del 80 necesitaba brazos, y la Argentina los fue a buscar a Europa. Entre fines del siglo XIX y la Primera Guerra Mundial llegaron millones de inmigrantes, y una porción enorme se quedó en Buenos Aires. En los censos de 1895 y 1914, más de una cuarta parte de los habitantes del país había nacido en el extranjero, y en la Capital la proporción era todavía mayor.

La idea original era que esos recién llegados poblaran el campo, al estilo de los colonos norteamericanos. Pero la tierra estaba concentrada y las oportunidades estaban en la ciudad puerto, así que la mayoría se quedó cerca del muelle donde había desembarcado. El censo de 1914 mostró por primera vez más población urbana que rural, una tendencia que no se revirtió.

El ferrocarril hizo el resto: las vías que llevaban granos y carne al puerto trajeron después a miles de provincianos. Esa migración interna, lenta al principio, se volvería masiva a partir de los años treinta.

Antecedentes: el Barrio de las Ranas y La Quema

Antes de que existiera la palabra villa ya había caseríos precarios en el sur de la ciudad. En la zona del actual Parque Patricios funcionaron durante el siglo XIX los corrales y mataderos que le dieron al lugar el nombre de Corrales Viejos. Alrededor se armó un barrio de casillas hechas con latas, chapas y cartón, conocido como Barrio de las Ranas por los charcos que lo rodeaban.

Muy cerca estaba La Quema, el vaciadero municipal donde se incineraba la basura de la ciudad. Muchos vecinos sobrevivían revolviendo los desperdicios en busca de algo para usar o vender. De ahí viene la palabra "ciruja", que el lunfardo tomó de "cirujano" por la minuciosidad con que trabajaban: los antepasados directos de los cartoneros.

El conventillo, primer conflicto por la vivienda

Sin embargo, la respuesta habitacional más extendida para los inmigrantes no fue el asentamiento sino el conventillo: viejas casonas del centro y del sur subdivididas en piezas de alquiler, con patios y baños compartidos. Vivir cerca del puerto y de la Plaza de Mayo permitía ahorrar transporte, y las familias ricas tampoco se alejaban del centro, de modo que el palacio y el conventillo convivían a pocas cuadras.

A diferencia del villero, el habitante del conventillo era inquilino, y su problema era el precio. En 1907 el aumento de los alquileres desató la huelga de inquilinos, uno de los grandes movimientos sociales de la época, que se extendió por cientos de conventillos porteños. El Estado respondió con las primeras leyes de vivienda obrera: la ley 4824 de 1905 y, sobre todo, la ley 9677 de 1915, conocida como Ley Cafferata por el diputado Juan Félix Cafferata, que creó la Comisión Nacional de Casas Baratas. Fue el primer organismo público dedicado a construir viviendas económicas para trabajadores.

La crisis del treinta y los primeros asentamientos

La crisis mundial de 1929 cambió el panorama. La inmigración de ultramar se frenó y empezó a ser reemplazada por la llegada de trabajadores del interior, atraídos por la industria que crecía para sustituir importaciones. La ciudad ya estaba casi llena y se expandió hacia la periferia, mientras del otro lado de la avenida General Paz, inaugurada en 1941, crecía el conurbano.

En ese contexto aparecieron los primeros asentamientos reconocidos como villas. Las investigaciones mencionan una Villa Desocupación, formada por inmigrantes polacos alojados por el Estado en galpones de la zona portuaria, y poco después, en 1932, Villa Esperanza, junto a las obras de Puerto Nuevo. Es esta última la que la mayoría de los estudios señala como la primera villa de la ciudad. El cambio de nombre, de "desocupación" a "esperanza", no alteró en nada las condiciones de vida.

El contraste con el centro era brutal. En los mismos años en que se levantaban las casillas del puerto, Buenos Aires estrenaba sus primeros rascacielos, el edificio Comega y el Kavanagh, se abrían las diagonales y en 1936 se inauguraba el Obelisco en el cruce de Corrientes con la futura avenida 9 de Julio. La modernización y la precariedad crecían al mismo tiempo, y esa tensión iba a marcar toda la historia posterior de las villas porteñas.

Dos trabajos de referencia sobre el tema son Viviendas para el pueblo, de Rosa Aboy (Fondo de Cultura Económica, 2005), y Prohibido vivir aquí, de Eduardo Blaustein, sobre la erradicación de villas durante la última dictadura.