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"Baile y sueño": Javier Marías y el arte de no llegar nunca al final

El segundo tomo de "Tu rostro mañana", la trilogía de Javier Marías, cuenta muy poco y digresiona mucho: 410 páginas de Alfaguara donde la forma es el tema.

Redacción Soles Digital

Autor: Javier Marías · Editorial: Alfaguara · 410 páginas · 2005

El escritor español Javier Marías en la Feria del Libro de Madrid en 2008
Javier Marías en la Feria del Libro de Madrid, mayo de 2008. Foto: Mr. Tickle · CC BY-SA 3.0 · Wikimedia Commons

Baile y sueño es el segundo volumen de Tu rostro mañana, la trilogía con la que Javier Marías (Madrid, 1951-2022) dedicó casi una década a un solo narrador, Jacques Deza, un español que vive en Londres y trabaja para una oficina reservada que lee a las personas por la cara. Publicado en España en 2004, entre Fiebre y lanza (2002) y Veneno y sombra y adiós (2007), es probablemente el tomo más extraño de los tres: el que menos acción tiene y el que más claramente muestra cómo escribe Marías.

Una noche, un recuerdo y cuatrocientas páginas

Si alguien pidiera un resumen del argumento, cabría en un párrafo. Deza sale una noche por Londres con su jefe, Bertram Tupra, y con un funcionario español de conducta insoportable; la salida termina en una escena de violencia que lo deja perturbado. En paralelo, vuelve sobre lo que su padre le contó de la guerra civil española, de los años en que la delación entre conocidos podía costar la vida.

Eso es casi todo. Pero el libro no se apoya en lo que pasa sino en lo que el narrador piensa mientras pasa. Cada gesto abre un paréntesis, cada paréntesis abre otro, y la anécdota queda suspendida durante decenas de páginas. Quien busque una trama que avance a buen ritmo va a sufrir. Quien acepte el pacto encuentra una de las prosas más reconocibles del castellano reciente.

La digresión como método

Marías tradujo al castellano el Tristram Shandy de Laurence Sterne, y la deuda con ese libro se nota en cada capítulo. Como Sterne, entiende el relato menos como una flecha que va de un punto a otro que como una conversación que se niega a terminar. Las frases se alargan con incisos, disyuntivas, correcciones ("o mejor dicho", "o tal vez"), y el lector termina atento al movimiento del pensamiento más que a su destino.

Hay algo de Las mil y una noches en ese procedimiento: contar para postergar el final, seguir hablando para que nada se cierre. En Baile y sueño esa lógica llega a su punto más alto, porque el material narrativo es mínimo y todo el peso cae sobre la voz. Es una novela que pregunta, sin decirlo, si la vida puede contarse o si cualquier intento de relatarla la deforma.

Lo que está en juego

Debajo de las digresiones hay un tema firme, el mismo que recorre la trilogía entera: qué hacemos frente a la violencia ajena, cuándo hablar y cuándo callar, cuánto sabemos realmente de los que tenemos cerca. La escena de la noche londinense y el recuerdo de la guerra se espejan: en ambos casos alguien mira, alguien podría intervenir y alguien decide no hacerlo. Para un lector argentino, esa reflexión sobre la complicidad y el silencio tiene una resonancia que va más allá del contexto español.

También hay humor, más del que se le suele atribuir a Marías: la manera en que Deza describe a los personajes, sus manías, sus frases hechas, tiene una ironía seca que alivia la densidad del conjunto.

Para quién es

Baile y sueño no es una puerta de entrada a Marías; para eso están Corazón tan blanco o el primer tomo de esta misma trilogía. Es un libro para quien ya disfrutó de su manera de narrar y quiere verla en estado puro, sin el sostén de una intriga fuerte. Leído en continuidad con Fiebre y lanza, se entiende como un puente; leído solo, como un experimento sobre cuánto puede estirarse una frase antes de que el relato se rompa.

La respuesta de Marías es que puede estirarse mucho. Y que en ese estiramiento, en esa negativa a poner el punto final, está el verdadero asunto de la novela.