"Viajes por el Scriptorium": Paul Auster encerrado con sus personajes
Paul Auster encierra a un viejo amnésico en un cuarto y lo rodea de criaturas de sus novelas anteriores. Una nouvelle breve de Anagrama, 185 páginas, 2007.
Redacción Soles Digital
Autor: Paul Auster · Editorial: Anagrama · 185 páginas · 2007

Viajes por el Scriptorium es una novela corta de Paul Auster en la que un hombre sin memoria despierta en una habitación vigilada y recibe, una tras otra, las visitas de personajes que el lector de Auster ya conoce. Llegó a las librerías en castellano poco después de que el escritor neoyorquino recibiera el Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2006, y funciona casi como un ajuste de cuentas del autor con su propia obra.
Un cuarto, una cama, un hombre llamado Blank
El protagonista es un anciano al que el texto llama Mr. Blank, "señor En Blanco", un nombre que ya dice bastante. No sabe dónde está ni por qué. Hay una cámara que lo registra, una puerta que tal vez esté cerrada con llave, una mesa con papeles y unas fotografías de caras que le resultan vagamente familiares. Cada objeto de la habitación lleva pegado un cartelito con su nombre, como si alguien temiera que él olvidara hasta las palabras.
La situación tiene algo del teatro del absurdo: una espera sin explicación, gestos repetidos, conversaciones que no llegan a aclarar nada. Blank puede ser un paciente, un preso o el sujeto de un experimento. La novela juega con todas esas posibilidades sin resolverlas del todo, y en esa incertidumbre está buena parte de su tensión.
Los visitantes vienen de otros libros
Lo que vuelve singular a esta nouvelle es quiénes entran al cuarto. Una mujer joven que lo cuida se llama Anna Blume, como la narradora de El país de las últimas cosas. Aparece un Daniel Quinn, el detective improvisado de Ciudad de cristal, y también figuras vinculadas a El palacio de la luna. Entre los papeles que Blank tiene a mano hay un manuscrito firmado por Fanshawe, el escritor desaparecido de La habitación cerrada, el tercer volumen de la Trilogía de Nueva York.
De a poco se insinúa que esos personajes tienen motivos para reprocharle algo al viejo, que quizás fue él quien los mandó a vivir sus desgracias. El lector entiende antes que Blank lo que está pasando: el hombre de la habitación se parece demasiado a un novelista, y sus carceleros, a las criaturas que ese novelista inventó.
El laberinto de siempre, en miniatura
Auster vuelve acá a sus temas de cabecera: la identidad que se deshace, el azar, la frontera difusa entre el que escribe y lo escrito. Es una línea que lo emparenta con Borges, al que nunca dejó de leer, y con la tradición de relatos donde el autor termina atrapado en su propia ficción. Quien conozca "Las ruinas circulares" o "Borges y yo" va a reconocer el eco.
La pregunta que deja el libro es si esa insistencia es una limitación o una firma. Auster escribe una y otra vez sobre lo mismo, y en Viajes por el Scriptorium lo hace de manera abierta, casi confesional, con una economía de recursos que se agradece después de novelas más dispersas de esos años. No tiene la ambición de la Trilogía de Nueva York ni de El palacio de la luna, pero ilumina por qué esos libros siguen siendo los centrales de su obra.
Para quién es
Para quien llega sin haber leído a Auster, la novela puede resultar un rompecabezas con piezas que faltan: se disfruta igual como fábula inquietante, pero se pierde el juego de reconocimientos. Para el lector que ya pasó por Nueva York de la mano de Quinn o por el desierto de Fogg, es otra cosa: un repaso melancólico, breve y bien armado de un universo literario, contado desde la cama de un viejo que no recuerda haberlo creado.
Se lee en una tarde. Y deja la sospecha, muy borgeana, de que no está claro cuál de los dos, el autor o el personaje, escribe estas páginas.