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Antonio Sibellino, entre la tradición y la primera escultura abstracta

Antonio Sibellino (1891-1960), escultor de la renovación de los años veinte, pasó del academicismo a algunos de los primeros relieves abstractos de la región.

Redacción Soles Digital

Antonio Sibellino (Buenos Aires, 1891-1960) fue uno de los escultores que, en la década de 1920, empujaron a la escultura argentina hacia la modernidad. Su recorrido va del aprendizaje académico a la experimentación con formas geométricas y vuelve, en sus últimos años, a una figuración simplificada y muy expresiva.

Los años de formación en París

Sus primeros trabajos los hizo en París, entre 1912 y 1913, dentro de un lenguaje naturalista de corte académico. La influencia de Auguste Rodin fue decisiva en esa etapa inicial, como lo fue para casi toda su generación.

En una segunda estadía francesa se acercó a la línea de Antoine Bourdelle y Aristide Maillol, escultores que buscaban volúmenes más sintéticos y serenos. De ese momento son "Cabeza de viejo" (1914) y "Gestación" (1915), obras que presentó en el Salón Nacional de Buenos Aires. El jurado le otorgó un premio estímulo que Sibellino decidió no aceptar.

El regreso a la Argentina no fue fácil. Sin el reconocimiento que esperaba, se alejó por un tiempo de la escultura y se dedicó al dibujo. Hacia 1920 retomó con trabajos por encargo, entre ellos un busto de Güemes.

Relieves: de la figura a la geometría

Desde 1923 trabajó una serie de relieves figurativos. Uno de los más conocidos es "Amor" (1927), un bajorrelieve con una figura femenina y una masculina vinculadas por la mirada, resueltas con formas curvas y poco detalle, apretadas dentro de un marco cuadrado y grueso que acentúa la sensación de compresión.

En paralelo, Sibellino dio un paso que lo ubica en la historia del arte latinoamericano. Igual que su contemporáneo Pablo Curatella Manes, abandonó por momentos la figuración para trabajar con formas geométricas puras. De esa búsqueda salieron relieves como "Salida del sol" y "Crepúsculo", que suelen mencionarse entre las primeras esculturas abstractas realizadas en Sudamérica.

"Salida del sol", en yeso, no representa nada reconocible. Planos, aristas y rectas, con apenas alguna curva, construyen un juego de luces y sombras que evoca el efecto de los rayos del sol sobre un relieve. Se ha sugerido que el paisaje cordillerano pudo ser su punto de partida. Más que copiar la naturaleza, el escultor traduce la impresión que deja.

Escultura y compromiso

A fines de los años treinta, la Guerra Civil Española marcó un giro temático. "La rebelde" (1938) muestra a una mujer de pie, sin ataduras ni venda en los ojos, que espera con entereza su fusilamiento. "La viuda" (1939) continúa en la misma línea. En estas obras, y en otras que siguieron, Sibellino denunció la violencia de los regímenes totalitarios con un lenguaje que mezcla rasgos neocubistas y expresionistas: modelado de masas, facetas suaves, planos sobrios.

La etapa final

Entre mediados de los cuarenta y comienzos de los cincuenta regresó a temas más clásicos, sin carga política: cabezas y bustos. Se destaca "La mujer del pañuelo" (1946), un busto en cemento. El tema es tradicional, pero el tratamiento no lo es: los rasgos se reducen a formas básicas y el material áspero, lejos de restarle fuerza, le da al rostro un aire dramático marcado por los contrastes de luz.

La obra de Sibellino condensa como pocas el tránsito de la escultura argentina del academicismo a la modernidad. Emilio Pettoruti le dedicó en 1945 un cuadro de homenaje, "La estatua (homenaje a Sibellino)", señal del lugar que ocupaba entre los renovadores de su tiempo.