Fluxus en el Malba: el antiarte que llegó desde Alemania
En noviembre de 2006 el Malba abrió "Una larga historia con muchos nudos. Fluxus en Alemania 1962-1994", con 195 obras y documentos del movimiento.
Redacción Soles Digital

"Una larga historia con muchos nudos. Fluxus en Alemania 1962-1994" fue la muestra con la que el Malba trajo a Buenos Aires, en noviembre de 2006, uno de los movimientos más escurridizos del arte del siglo XX. La exposición abrió el 16 de noviembre y se pudo visitar hasta el 30 de enero de 2007, con curaduría de René Block y Gabriele Knapstein.
El conjunto reunía 195 piezas. Había obras originales de los primeros años del grupo, trabajos más recientes de artistas que se instalaron en Alemania y, sobre todo, mucho material de registro: fotografías de festivales y conciertos, carteles, correspondencia, grabaciones, libros, partituras y algunas de las películas que el propio grupo produjo. Antes de llegar a Buenos Aires, la exposición había circulado durante nueve años por 24 países; en 2006 pasó por Curitiba y San Pablo.
Qué fue Fluxus
Fluxus no fue un estilo ni una escuela con programa cerrado. Fue más bien una red de artistas de distintos países y disciplinas que, desde comienzos de los años sesenta, se dedicó a borrar la frontera entre la obra y la vida cotidiana. Músicos, poetas, artistas visuales y performers compartían una idea: el arte podía ser un gesto mínimo, una acción breve, un objeto común sacado de su contexto, y el público no estaba para contemplar sino para participar.
El impulsor fue George Maciunas, nacido en Lituania y radicado en Nueva York, que pensó la palabra "Fluxus" como nombre de una revista que nunca llegó a publicarse. El término, de raíz latina, remite a lo que fluye y cambia, y terminó funcionando como paraguas para conciertos, ediciones, festivales y acciones que se negaban a fijarse en una definición. Los propios integrantes evitaron siempre dar una fórmula: preferían que cada espectador sacara sus conclusiones.
La genealogía es reconocible. Detrás de Fluxus están Marcel Duchamp y sus ready-mades, el dadaísmo, el ruidismo futurista y, de manera muy directa, John Cage, cuyas ideas sobre el azar y el silencio marcaron a buena parte del grupo. En el mismo clima de fines de los cincuenta y principios de los sesenta crecían el neodadá en Nueva York, el nuevo realismo en París y el grupo Zero en Düsseldorf.
Los nombres de la muestra
En las salas del Malba aparecían algunas de las figuras que hicieron conocido al movimiento: Nam June Paik, pionero del videoarte; Joseph Beuys, que llevó la acción artística hacia la política y la enseñanza; Wolf Vostell, con sus intervenciones sobre televisores y automóviles; Ben Vautier, Dieter Roth, Takako Saito y el mismo John Cage, entre otros.
Alemania tuvo un papel central en esa historia. Allí se organizaron varios de los primeros festivales del grupo a comienzos de los sesenta, y allí se instalaron o trabajaron muchos de sus protagonistas. Por eso la exposición dedicaba un espacio importante a la documentación fotográfica de esos años, con series que muestran dos formas distintas de registrar un arte que, por definición, se agotaba en el momento en que ocurría.
Por qué sigue interesando
Ver Fluxus en un museo tiene algo de paradoja: un movimiento que desconfiaba de la obra como mercancía y del museo como templo termina exhibido en vitrinas. La muestra no esquivaba esa tensión. Al contrario, la volvía parte del recorrido: lo que se veía eran, en gran medida, restos, partituras de acciones, objetos que solo cobran sentido si uno imagina el momento en que se usaron.
Para el público porteño fue una oportunidad poco frecuente de acercarse a una corriente que influyó en la performance, el videoarte, el arte conceptual y el arte correo, y cuyas huellas se pueden rastrear en muchas prácticas contemporáneas. La exposición se completó con un programa de charlas, cursos, encuentros con la curadora y presentaciones de música Fluxus, en la línea de un movimiento que siempre estuvo más cerca del acontecimiento que de la pared.