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El Palacio de las Aguas Corrientes, un depósito vestido de gala

El Palacio de las Aguas Corrientes (1887-1894), en Avenida Córdoba, esconde tanques para 72 millones de litros detrás de 170.000 piezas de terracota inglesa.

Redacción Soles Digital

Fachada de terracota del Palacio de Aguas Corrientes sobre Avenida Córdoba, con autos y motos pasando
El Palacio de las Aguas Corrientes sobre Avenida Córdoba, en 2011 Foto: HalloweenHJB · CC BY-SA 3.0 · Wikimedia Commons

El Palacio de las Aguas Corrientes, en la manzana de Avenida Córdoba, Riobamba, Viamonte y Ayacucho, es uno de los edificios más llamativos de Buenos Aires y también uno de los más engañosos: detrás de sus fachadas de cerámica de colores, que parecen de un palacio francés, hay en realidad un gigantesco depósito de agua potable. Construido entre 1887 y 1894, sigue siendo una visita obligada para quien quiera entender la ciudad de fines del siglo XIX.

Del aguatero al agua corriente

Durante la época colonial y buena parte del siglo XIX, los porteños se abastecían de dos maneras: el aguatero, que vendía agua sacada del río, y el aljibe, que juntaba la lluvia en los patios. A partir de 1860 la ciudad creció muy rápido con la inmigración, y las epidemias, agravadas por la falta de agua limpia, hicieron urgente un sistema moderno.

En 1869 se habilitó un primer tanque de hierro en la plaza Lorea, hoy integrada a la plaza de los Dos Congresos, que recibía agua tratada en una planta de la zona de Recoleta. Quedó chico enseguida. El plan del ingeniero británico John Frederick Bateman para la red de agua corriente previó entonces un gran depósito distribuidor, que finalmente se ubicó en la manzana de Avenida Córdoba. Como la zona ya se consideraba céntrica y estaba de moda, el gobierno pidió que el edificio tuviera una apariencia vistosa.

Un palacio para esconder tanques

La respuesta fue la habitual en la época: envolver una estructura industrial en una arquitectura ostentosa, como se hacía con estaciones de tren y fábricas. El exterior fue diseñado por el arquitecto noruego Olaf Boye y la dirección de obra estuvo a cargo del ingeniero sueco Carlos Nyströmer, ambos del estudio británico Bateman, Parsons y Bateman.

Por dentro, el edificio alberga doce tanques metálicos distribuidos en tres niveles, con capacidad total para 72 millones de litros, sostenidos por una estructura de 180 columnas. Todo eso está rodeado por muros de ladrillo que en la planta baja superan el metro y medio de espesor y se van afinando hacia arriba.

El proyecto original preveía revestimientos de mármoles argentinos, pero por costos se optó por la terracota. Las piezas fueron fabricadas en Inglaterra por Royal Doulton, de Londres, y Burmantofts, de Leeds: unas 170.000 piezas cerámicas y 130.000 ladrillos esmaltados que viajaron numerados para poder montarse como un rompecabezas. Entre ellas hay escudos de las provincias argentinas de entonces, de la Nación y de la Capital, y en las fachadas aparecen cariátides de hierro fundido. El contraste entre los tonos vivos y los pálidos, junto con las rejas que rodean el edificio, explica buena parte de su encanto.

El museo y la visita

El palacio fue declarado Monumento Histórico Nacional y hoy pertenece a AySA, la empresa estatal de agua y saneamiento, que tiene allí oficinas. En el primer piso funciona el Museo del Agua y de la Historia Sanitaria, abierto en los años noventa, que exhibe piezas originales de la cerámica inglesa, artefactos sanitarios antiguos, grifería, maquetas y publicidad de época. El edificio guarda además un archivo de planos domiciliarios de gran valor para la historia de la ciudad.

Las visitas guiadas permiten conocer parte del interior, incluido el sector de los antiguos tanques que abastecían al radio antiguo de la ciudad. Conviene consultar antes los días de apertura y si se necesita reserva.

Más allá del museo, vale la pena dar la vuelta completa a la manzana. Cada fachada tiene su propio juego de colores y detalles, y mirarlo con atención es la mejor manera de comprobar hasta dónde llegaba el afán de la Buenos Aires de fines del siglo XIX por parecer una capital europea, incluso a la hora de guardar el agua.