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Buenos Aires, capital del Virreinato (1776-1810)

Cómo cambió Buenos Aires al convertirse en capital virreinal: el censo de 1778 con 24.205 habitantes, nuevas plazas, cuarteles, higiene y calles.

Redacción Soles Digital

Acuarela de la plaza mayor porteña con arcadas, carretas, la Recova y una iglesia al fondo
La Plaza de la Victoria, frente al sur, en una acuarela de Pellegrini de 1829 Foto: Carlos Enrique Pellegrini · Public domain · Wikimedia Commons

Entre 1776 y 1810, Buenos Aires fue la capital del Virreinato del Río de la Plata, y ese ascenso administrativo transformó una aldea portuaria en una ciudad con funciones de gobierno y un comercio en expansión. Esta nota repasa cómo era aquella ciudad, qué problemas enfrentaba y qué rastros de ese pasado pueden encontrarse todavía en el centro porteño.

Una traza que empezaba a llenarse

La cuadrícula que Juan de Garay había dibujado en 1580 recién empezaba a ocuparse por completo. La ciudad se extendía, a grandes rasgos, entre las actuales calles Viamonte y Chile, con el río muy cerca de la barranca y la línea de Salta y Libertad como límite hacia el interior.

El censo que ordenó el virrey Juan José de Vértiz en 1778 contó 24.205 habitantes en la ciudad y 12.925 en la campaña. Alrededor de dos tercios fueron registrados como blancos, cerca de un cuarto como negros, y el resto como indígenas y mestizos, en las categorías que usaba la administración colonial. Al mismo tiempo, en los bordes del casco aparecían los arrabales, una franja intermedia entre lo urbano y lo rural.

Ordenar la ciudad

El crecimiento obligó a dividir el territorio para gobernarlo mejor. En 1769 se crearon seis parroquias: la Catedral, San Nicolás, el Socorro, la Concepción, Monserrat y La Piedad. Vértiz organizó en 1778 una división en seis cuarteles para levantar el padrón, y en 1790 la Real Audiencia redujo la ciudad a cuatro cuarteles con sus alcaldes. Como la división resultó insuficiente, el intendente de policía Martín Boneo propuso subdividirla en veinte barrios, cada uno con su alcalde.

Las actas del Cabildo muestran los dolores de cabeza de la época: calles que se inundaban, carretas pesadas que destruían el suelo, artesanos que trabajaban en plena vereda y la costumbre de tirar basura a la calle. Las autoridades insistieron en barrer, rellenar pozos y no atar caballos en la vía pública, y por primera vez designaron lugares especiales para los residuos.

Muchas actividades molestas se mandaron afuera. Los corrales de abasto, que funcionaban en terrenos del convento de Santo Domingo, se trasladaron en 1784. Las tropas de carretas debían descargar de noche en los arrabales, y las panaderías y tahonas, con su movimiento de animales, fueron empujadas lejos del centro.

Comercio, calles y plazas

El reglamento de libre comercio de 1778 multiplicó el tráfico de mercaderías, y con él los problemas de circulación. El empedrado era una meta permanente que nunca se completó por su costo, así que se apeló a soluciones intermedias: se prohibieron las carretas dentro de la ciudad y se exigió el uso de carretillas más livianas. También se niveló el terreno para que las calles desaguaran hacia los dos zanjones que encerraban la ciudad, al norte y al sur de la Plaza Mayor.

La ciudad necesitaba además nuevos espacios abiertos. En 1781 se pidieron plazas para Monserrat y para el barrio de La Piedad; esta última terminó llamándose Plaza Lorea, por el vecino que la impulsó. Esas plazas, alineadas aproximadamente sobre lo que hoy es la avenida 9 de Julio, marcaban el borde entre la ciudad consolidada y los arrabales.

Qué queda de la ciudad virreinal

La modernización que siguió a la federalización de 1880 borró casi todo aquel paisaje, pero algunas huellas resisten. La estrechez de las calles del microcentro y la persistencia del damero en toda la expansión urbana son herencia directa de la traza colonial.

La Plaza de Mayo, corazón de aquella ciudad, cambió por completo: el Fuerte dejó lugar a la Casa Rosada, la Recova que partía la plaza desapareció, y el Cabildo y la Catedral siguen en su lugar aunque con formas muy distintas. Hacia el sur, en San Telmo, vivían entonces las familias más acomodadas, y todavía hay iglesias de origen colonial. Hacia el norte se conservan la iglesia de La Merced y la casona de patios donde vivió Bartolomé Mitre, convertida en museo en 1907.

La paradoja es elocuente: el sur, que en tiempos del virreinato era la zona más prestigiosa, es hoy el escenario del Buenos Aires tradicional, mientras el norte, durante siglos relegado, concentra la arquitectura más nueva de la ciudad.