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Segovia: un cofre de tesoros castellanos

Texto y fotos: Mariano García
@solesdigital
photosniper.com.ar

Un enorme acueducto romano, un palacio medieval detenido en el tiempo, un paisaje árido y ondulado que cobija un trazado urbano serpenteante y añejo.  Al sur de Castilla y León, a apenas 90 kilómetros de Madrid, descansa uno de los destinos más atractivos para visitar desde la capital española.

Segovia se ubica al pie de la sierra de Guadarrama, en la confluencia de los ríos Eresma y Clamores. La hora que demora llegar desde Madrid, utilizando la red de micros locales, es un viaje en el tiempo hacia el pasado de la península, su arquitectura, costumbres y paisajes.

Sin embargo, para el sentido común del viajero que anda por España, la escapada de un día desde Madrid es por definición Toledo. El mercado turístico apunta hacia la quijotesca ciudad castellana todos sus recursos promocionales, y para el visitante apurado es la opción indiscutida. Pero si uno se toma un tiempito para preguntar entre los lugareños, Segovia aparece como una segunda posibilidad que tiene tantos o más atractivos, y la ventaja de recibir muchos menos turistas.

Segovia está pintada con los colores de su tierra, construida en tonos ocres que suben y bajan por las fachadas de las casas que se apilan en agostas calles que desembocan en el centro de la pequeña ciudad (apenas poco más de 160 km2 y 50 mil habitantes). Pero a diferencia de la mayoría de las pequeñas ciudades antiguas, la clásica dupla catedral + plaza central + ayuntamiento no es su principal centro de interés. Ese privilegio le corresponde a las dos joyas de este cofre de tesoros castellanos: el Alcázar y el acueducto romano.

Arcos marca registrada

No, no se trata de los arcos dorados de la infame cadena de comida chatarra. Mucho antes que el marketing de fast food, los segovianos eligieron como imagen de la ciudad los arcos de medio punto que dan forma al icónico acueducto de la ciudad. El propio escudo heráldico de la ciudad lo incluye como imagen representativa, de la que es la obra de ingeniería civil romana más importante de España, y uno de los principales monumentos que dejó el Imperio Romano en lo por entonces era la provincia de Hyspania.

En perfecto estado de conservación, el acueducto es el símbolo de la ciudad. Sus más de 170 arcos se extienden a lo largo de 818 metros, alcanzando una altura máxima de 29 metros. Una proeza de los arquitectos romanos los siglos I y II, que lo edificaron usando 25.000 bloques de granito unidos sin ningún tipo de argamasa. Accediendo a la parte superior del acueducto, se tiene una vista privilegiada del límite sur de la ciudad, donde se despliegan los picos del cordón serrano compuesto por Ayllón, Somosierra y Guadarrama.

Hacia el norte, el paisaje se torna mucho más árido y llano, con un terreno arenoso sobre el cual se eleva la otra gran maravilla arquitectónica de la ciudad: el Alcázar.

 

Juego de Tronos, estilo castellano

El Alcázar de Segovia es un asombroso enclave neogótico ubicado en un punto estratégico que permite apreciarlo desde todos sus flancos. Una joya de la arquitectura medieval que data de principios del siglo XII, y durante toda la Edad Media fue una de las residencias preferidas de los reyes castellanos.

Junto al acceso al trono de la monarquía Trastámara, que reinó Castilla entre 1369 y 1555, el Alcázar tuvo su época de mayor esplendor arquitectónico, institucional, político y simbólico. Bajo el poder de esta Casa Real, una estructura pensada originalmente con fines militares se convirtió en un auténtico palacio. Desde allí salió Isabel la Católica el 13 de diciembre de 1474 para ser proclamada Reina de Castilla en la Plaza Mayor de Segovia.

Felipe II celebró en el Alcázar su boda con Ana de Austria, su cuarta esposa. A él se le deben también importantes reformas en el palacio, tales como las terminaciones de las torres en agudos chapiteles, que lo dotan de una apariencia más cercana a los castillos centroeuropeos y lo diferencian tanto del resto de las fortalezas castellanas.

Tras la instalación de la Corte en Madrid, el Alcázar perdió su condición de residencia real y pasó a convertirse en prisión de Estado durante más de dos siglos, hasta que en 1762 el Rey Carlos III instaló allí el Real Colegio de Artillería. El 6 de marzo de 1862 un gran incendio destruyó los techos y causó graves daños a la estructura, que sería completamente restaurada entre 1882 y 1896.

Recorrer hoy los diferentes salones  del Alcázar es ser testigo de las distintas épocas y usos que ha tenido el palacio a lo largo de los siglos.

La Sala del Palacio Viejo, de estilo mudéjar y ventanas coloreadas por vitrales, data de la época de Alfonso X, en el siglo XI (1252-1284), y es el núcleo de lo que fue el primitivo palacio. La Sala de la Galera recibe su nombre por su semejanza con el casco de un barco antiguo invertido, y fue construida por la reina Catalina de Lancaster en 1412. Si nos adelantamos cien años más, la Sala de la Chimenea luce un espléndido mobiliario del siglo XVI, correspondiente a la ordenación del Alcázar en tiempos de Felipe II.

En la Cámara Regia las portadas son neomudéjares, mientras que las colecciones de pinturas se lucen en la Sala de Reyes, mientras que la Sala de Armas da cuenta del uso militar que tuvo la fortaleza ya en el siglo XIX.

El Alcázar mira desde las alturas a la otra gran edificación de Segovia,  la Catedral de Santa María. A su alrededor también se encuentran numerosos monasterios y conventos, y entre medio de ambos la Judería.  Pero estamos en España, y ya hemos visto mucho de todo eso anteriormente en otras ciudades. Y todavía ni siquiera hemos mencionado el cochinillo, la especialidad gastronómica que enorgullece a los lugareños. Buen momento entonces para hacer una pausa, y contemplar con admiración las joyas que se esconden en lo profundo del paisaje de Castilla.

3/6/2015

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