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Las Ruinas de San Ignacio

Memorias del paraíso guaraní

Fotos: Mariano García
@solesdigital

En la localidad de San Ignacio, a sólo 60 Km. de Posadas—ciudad capital de la provincia de Misiones—, puede vivenciarse una parte de la historia argentina. Se trata de aquellos primeros capítulos que se escribieron cuando Buenos Aires eras apenas un pequeño poblado que dependía políticamente de Asunción del Paraguay y tenía su capital en Lima.

Al traspasar el portón de las Ruinas de San Ignacio Miní se comienza a transitar el escenario de una de las experiencias más importantes del período colonial de América del Sur. Todo el relato está situado en medio de la selva, ilustrado con imágenes barrocas, pintado con los colores de una naturaleza exuberante que se empeña en lucir sus tonos más brillantes y escrito en idioma guaraní.

Restaurado entre 1940/50, San Ignacio es el conjunto arquitectónico jesuítico mejor conservado en territorio argentino. Desde 1984, integra la lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO.

Una experiencia singular, en el marco de un proyecto global

Ruinas de San IgnacioLos habitantes del actual territorio de Misiones, antes de la llegada de los españoles, eran los guaraníes. Este pueblo navegaba los ríos buscando la “Tierra sin males”, lugar mítico donde no existía la muerte y en el que todos eran felices. En ese constante peregrinaje hacia el paraíso guaraní, se afincaban en los lugares donde encontraban tierras fértiles y edificaban sus aldeas rodeadas de empalizadas. La religión estaba presente en todos los aspectos de la vida social y política. No adoraban ídolos y su religiosidad se expresaba mediante la palabra hablada y cantada. Sus creencias tenían una sorprendente similitud con algunos dogmas católicos, cosa que facilitó el contacto inicial con los jesuitas. Sin embargo la tarea no fue tan sencilla como a veces se imagina.

Las Ruinas de San Ignacio son el testimonio de uno de los 30 pueblos indígenas que conformaron las Reducciones Guaraníticas del Paraguay. Éstas no fueron un experimento aislado, formaron parte de las acciones evangélicas que la Compañía de Jesús implementó fuera de Europa. El proyecto religioso-cultural de las Misiones Jesuíticas se inició en Asia (Japón) con el P. Francisco Javier y, posteriormente, se extendió a Filipinas y China. En cuanto al Nuevo Mundo, los jesuitas llegaron primero al Norte de Brasil, después se instalaron en el Perú y desde allí ocuparon todo el continente desde Canadá hasta la Patagonia Argentina (Nahuel Huapi). Esta enorme expansión territorial fue posible gracias a la articulación del poder de la iglesia con el poder de las monarquías.

La Provincia Jesuítica del Paraguay, se fundó en 1604 y tuvo sede central en la ciudad de Córdoba. Su extensión era enorme; abarcaba íntegramente los actuales territorios de Argentina, Uruguay, Paraguay, Bolivia y Chile, más una parte de la República del Brasil (sureste del Mato Grosso y los estados de Santa Catalina, Paraná y Río Grande del Sur).

Nada fue improvisado, los jesuitas pasaron casi seis años planificando las reducciones. Cuando decidieron su la instalación en el Paraguay aplicaron todos los conocimientos y las experiencias que habían acumulado durante largos años de permanencia en Brasil y en Perú.

En un comienzo se llevaron a cabo las tareas de exploración: dos sacerdotes remontaron el Paraná y llegaron hasta la región del Guayrá (1610-1630) donde lograron fundar doce reducciones. Simultáneamente otros jesuitas crearon en la región del Paraná, —comprendida por los ríos Paraná, Paraguay y Tebicuary— Itatín (al norte de Asunción) y Tapé (en el estado de Río Grande, Brasil).

El período fundacional se inició con la creación de la reducción de San Ignacio Guazú. En su instalación el P. Torres Bollo, Principal de la Provincia Jesuítica del Paraguay, aplicó personalmente la estrategia de captación de los líderes indígenas. El cacique Arapizandú fue quien prestó su acuerdo para que los sacerdotes comenzaran su acción evangélica. A partir de ese momento, dio inicio una incansable actividad fundadora. Se organizaron las nuevas reducciones de Santa Ana, Itapúa, San Javier, Yapeyú, San Nicolás, Candelaria del Ybytimí, Candelaria del Caazapamí y otras.

La docilidad de los guaraníes era un dato cierto, pero no todos aceptaron abandonar fácilmente su forma de vida. Son innumerables los testimonios de jesuitas que relatan ataques de algunas parcialidades y la reticencia generalizada a abandonar a sus chamanes y sus costumbres poligámicas.

Las tierras eran fértiles y abundantes pero su cultivo tardó un par de años. Durante el período inicial faltaban los víveres y sobraban los peligros. Sin embargo, para los miembros de la Sociedad de Jesús, cada dificultad se convertía en un estímulo y cada escollo era un desafío que lograban superar con inteligencia y con trabajo.
A diferencia de lo que ocurría con los franciscanos, dominicos y mercedarios, los jesuitas entraron en las tierras paraguayas, sin ningún tipo de acompañamiento militar. Su metodología de evangelización fue de adoctrinamiento por la seducción y de integración mediante el cumplimiento de los pactos que se hicieron con los principales jefes indígenas. Los pequeños regalos, la música y la paciencia fueron parte de su estrategia de captación de los indios y, como en casi todas las reducciones de América, adoptaron una actitud altamente paternalista. Ellos eran verdaderos tutores: administraban los bienes de los indios y atendían todo lo concerniente a lo espiritual, temporal, económico, cultural, social y militar.

En las Misiones Guaraníticas no ocurrió lo mismo que en Perú, donde la instalación de las instituciones coloniales —corregimientos y ayuntamientos indígenas—, redujo casi totalmente la autoridad de los caciques. La organización social de las misiones jesuíticas del Paraguay fue producto de un mestizaje institucional. Se conservó la organización de los indios en cacicatos y cada jefe gobernaba, en promedio, unas veinticinco familias. En algunas ocasiones reunieron varios cacicazgos en un solo pueblo y fomentaron la solidaridad tribal con un nuevo impulso religioso, que se manifestó en todos los aspectos de la vida, tanto en la organización interna como en la defensa contra sus enemigos: los encomenderos y los bandeirantes paulistas.

La cultura guaraní prehispánica era pacífica, no perseguía fines de lucro y además conformada una comunidad sin mayores egoísmos. Los jesuitas potenciaron las relaciones solidarias preexistentes. No modificaron sustancialmente el sistema de producción indígena, sino que lo adaptaron para darle un nuevo sentido. Diversificaron la producción; incorporaron nuevas herramientas —la más importante fue el hacha de hierro—; implementaron una administración eficiente, e iniciaron el cultivo de la yerba mate y el tabaco.


Las Ruinas de San Ignacio

Ruinas de San Ignacio

La Reducción de San Ignacio Miní —se la nombró así para distinguirla de San Ignacio Guazú, la más grande, creada anteriormente— se fundó en año 1610, bajo la supervisión de de los Padres José Cataldino y Simón Maceta. Pero, ante los ataques sistemáticos de los bandeirantes de San Pablo, el Padre Antonio Ruiz de Montoya condujo el éxodo los aborígenes desde el Guayrá hasta Paranaimá y, después de varios asentamientos provisorios, en 1696, se instaló definitivamente en su actual localización.

Esta reducción se construyó siguiendo los planos que la Compañía de Jesús utilizaba en todas las regiones americanas, cumpliéndose con las instrucciones generales que tenían como modelo arquetípico las urbanizaciones españolas. Mientras se levantaba el pueblo, los indígenas vivieron en campamentos de trabajo. La planificación urbana preveía una población promedio de unos 3.500 habitantes.

Durante más de un siglo y medio allí se estableció un sistema educativo que rescató la lengua guaraní y desarrolló importantes actividades culturales, especialmente la música, el teatro y las artes plásticas. Se puso en práctica un régimen laboral de sólo 6 hs. de trabajo y una forma de producción diversificada, en la que se llevaban a cabo tareas rurales y pequeños emprendimientos industriales.

Paradójicamente el éxito se convirtió en uno de los más grandes fracasos históricos, cuando el rey Carlos III, expulsó a la Compañía de todos sus dominios, en 1767. San Ignacio Miní sobrevivió hasta que fue destruida en 1821.

Cuando algún turista transita hoy por las Ruinas de San Ignacio, puede imaginar fácilmente como era la vida en todas las Reducciones, ya que el modelo social, económico y político implementado por los jesuitas, instaló una nueva cultura que se extendió por toda la región.

Un fuerte impacto emocional se siente al ingresar al Centro de Interpretación Jesuítico-guaraní. En este museo escenográfico, se muestra el proceso histórico que va desde la época prehispánica hasta la expulsión de los jesuitas. En el hall de entrada se encuentra un inmenso cuadro de Luis Felipe Noé, que representa magistralmente el estilo de vida de los guaraníes en los pueblos misioneros. Además de la maqueta que reproduce detalladamente las características arquitectónicas, también pueden apreciarse diversos objetos recuperados durante las restauraciones, desde vasijas hasta pequeñas tallas realizadas por los indios.

Después comienza la visita guiada a las ruinas. Allí esta la enorme plaza de armas que era el elemento ordenador del espacio urbano y al mismo tiempo el ámbito de participación popular y recreación por excelencia. En ella se conserva parte del antiguo reloj de sol que marcaba el tiempo de las celebraciones cívicas, culturales y religiosas.

Poco a poco se avanza sobre el núcleo principal de la reducción: la iglesia, la residencia de los padres, el cementerio y el cabildo, donde se pueden apreciar los restos de los gruesos muros de piedras de asperón rojo propias de la zona, que originalmente estaban asentadas, con perfecto ajuste, sin argamasa.

El templo de San Ignacio es el punto principal de las ruinas; mide 24 metros de ancho por 74 de largo, y su diseño constituye una excelente muestra del barroco americano. Sus enormes columnas cumplen sólo una función estética, ya que no actúan como soporte de las paredes —lo hacen las vigas transversales de madera, que están disimuladas en la misma edificación. Asombra ver la piedra labrada con figuras geométricas y ángeles, en medio de flores y frutos. No menos interesantes resultan los pisos y balaustres.

A los costados pueden verse las viviendas indígenas, con sus recovas corridas, para facilitar el desplazamiento en los tiempos de lluvias. Las casas de los caciques estaban ubicadas cerca a la de los Padres, frente al templo. Cada familia tenía asignado un “solar” (un cuarto de cuadra) y en esta parcela personal cultivaba su huerta individual.

Las Ruinas de San Ignacio son el testimonio de un proyecto humanista y cristiano que colocó el énfasis en el mestizaje cultural y que dio origen a un nuevo sincretismo político, económico y religioso. Lejos de los planteos utópicos, con inteligencia, planificación y voluntad pudo establecerse una comunidad cuyo principal objetivo fue el desarrollo humano integral de los indígenas.

Como Llegar

Desde la ciudad de Posadas salen ómnibus hasta las Ruinas de San Ignacio, que pueden visitarse todos los días en el horario de 7a 19hs. TEL (03752) 470186. Para más información dirigirse a la Casa de la Provincia de Misiones, Avda. Santa Fe 989, Tel.: 4322-0686, Ciudad de Buenos Aires Atención: de lunes a viernes, de 9 a17.

Quienes no puedan llegar personalmente hasta Misiones, pueden visitar las ruinas de San Ignacio a través de Internet, entrando en el sitio Arsvirtual y hacer un recorrido virtual en 3D, que dura doce minutos.

23/09/08

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