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Las Siete Hermanas de Moscú

A la altura de la megalomanía estalinista

Texto: Mariano García
@solesdigital

Fotos: Mariano García para Photosniper
www.photosniper.com.ar

La economía de austeridad y el tremendo gasto bélico que implicó para la Unión Soviética la Segunda Guerra Mundial, fue seguida por un período triunfal y opulento de solidificación del proyecto comunista, bajo el liderazgo absoluto de Iosif Stalin. Fortalecido por su victoria ante el ejército nazi, Stalin emprendió la reconstrucción de la URSS a través de proyectos monumentales hasta el punto de acuñar bajo su nombre un estilo arquitectónico propio. La arquitectura estalinista fue una combinación de la monumentalidad gótica con los ornamentos art decó, y su expresión más duradera todavía hoy domina el paisaje de Moscú: Los Rascacielos de Stalin, también conocidos como “Las Siete Hermanas”.

El poder soviético ruso surgido de la revolución de octubre de 1917 se había propuesto desmantelar la tríada del poder feudal conformada por Iglesia, Aristocracia y Ejército zarista en un país agrario, a través de la industrialización, modernización y desarrollo urbano; con el control político y militar  en manos del proletariado. La Iglesia Ortodoxa fue el principal enemigo ideológico y muchas catedrales fueron demolidas o reutilizadas con fines socialistas. Pero Stalin supo utilizar el simbolismo de la arquitectura religiosa para sus propios fines. En las ciudades medievales, el estilo gótico representaba espacialmente la jerarquía social y el poder político dominante. La excepcional altura alcanzada por las grandes catedrales, a partir de la ligereza permitida por el arco ojival, hizo del gótico el primer estilo que se lanzó a conquistar las alturas con un doble mensaje: la iglesia era quien estaba más cerca del cielo (altura moral), y la vez era el punto más alto de la ciudad (dominio político).

El gótico estalinista interpretó el potencial simbólico de las alturas como expresión de poder y autoridad, con un proyecto urbanístico megalómano que estuvo atravesado incluso por aspectos míticos. Moscú se encuentra emplazada sobre siete colinas, al igual que Constantinopla o la Roma antigua, y muchos la han visto a lo largo de la historia como la “Tercera Roma”, idea de que alguna ciudad, estado o país europeo es la sucesora del legado del Imperio romano (la "Primera Roma") y su estado sucesor, el Imperio bizantino (la "Segunda Roma"). La idea de una Rusia comunista como faro rector de los destinos mundiales fue entonces materializada. El 12 de septiembre de 1947, en el aniversario 800 de Moscú, se echaron los cimientos de estos siete monumentales rascacielos, situados uno en cada colina, hegemonizando el paisaje de la nueva Moscú imperial.

 

La Universidad Estatal Lomonósov de Moscú (1953) fue la cuarta torre más alta de Europa y la séptima del mundo al momento de su edificación.  La altura del edificio es de 187 metros, pero la antena llega a los 240. Se destaca aún hoy la iconografía comunista que la adorna, con relieves del emblema de la hoz y el martillo, o la estrella de cinco puntas que corona la emblemática antena, que sirvió de inspiración para el logo de los Juegos Olímpicos de 1980, celebrados a pocos metros de la universidad, en el vecino complejo deportivo y estadio olímpico Luzhniki.

Siguiendo el río Moskova hacia el centro de la ciudad, la siguiente parada es el Hotel Ucrania. (http://www.ukraina-hotel.ru/) Situado frente de la sede del Gobierno de Rusia, fue edificado entre 1953 y 1957. Sus 34 plantas alcanzan los 198 metros, que le valieron hasta el año 1976 el privilegio de ser el hotel más alto del mundo. En 2010, el hotel se reabrió tras una restauración de las fachadas e interiores bajo la marca de Radisson, y con sus 505 habitaciones, 38 departamentos, restaurantes, salas de conferencias y spa es el hotel más imponentes y lujoso de toda Rusia. Incluso cuenta con una flotilla de 10 yates de lujo que permiten a los pasajeros que se alojan allí navegar el río desde el hotel hacia las principales atracciones turísticas de la ciudad. En su libro de visitas han dejado su célebre firmas personalidades de la cultura como Macello Mastroianni, Robert De Niro, Cesaria Evora, Alisa Freindlikh o Armen Dzhigarkhanyan.

 

Navegando por el Moskova hasta la confluencia con el río Yauza, la siguiente “hermana” que nos recibe es el imponente edificio residencial Kotélnicheskaya Náberezhnaya (1952). Sus 22 pisos se elevan hasta los 176 metros, y aunque pensados como viviendas de elite, muy pronto sus departamentos fueron convertidos a unidades multifamiliares comunales (kommunalka). Hoy, vuelven a estar entre las viviendas más exclusivas de la capital rusa, junto al edificio residencial en la plaza Kúdrinskaya. Este es un poco más bajo (157 metros) y su estilo es aún más lujoso en sus terminaciones y decoraciones, lo que le valió ser de los preferidos por la dirigencia comunista.

El más imponente por volumen  y masa, aunque no sea el más alto, es el gigantesco edificio del Ministerio de Relaciones Exteriores (1948-53).  Sus 172 metros y 27 pisos son sostenidos por una monumental base que empequeñece toda escala humana bajo el peso del Estado. El rasgo distintivo del rascacielos es el enorme escudo de la URSS en la fachada. Sin dudas, la representación arquitectónica más perfecta del poder burocrático soviético.

El recorrido no puede dejar afuera a otra de las grandes atracciones de Moscú, su magnánima red de metro. Dirigiéndonos hacia la estación Krásnie vorota (línea roja), saldremos desde allí al vestíbulo que conecta con el ala derecha del rascacielos de la Plaza de la Puerta Roja (años 1947-52, 133 metros en 24 plantas). Retomando el metro, nada mejor que dirigirse a la estación siguiente en dirección a la línea circular, la más popular y bonita dentro de ese verdadero museo bajo tierra que conecta toda la ciudad: Komsomólskaya. Desde allí, la salida nos dejará en la plaza homónima, a metros del Hotel Leningrado (1953). Ya acostumbrados a la megalomanía moscovita, los 136 metros del más pequeño de estos rascacielos podrán parecer escasos. En 2008 fue remodelado y adquirido por la cadena Hilton, y en su decoración se confunden el art decó con el foklorismo ruso.

Cuenta la historia sobre un octavo edificio que nunca llegó a ser construido. Stalin tenía pensado, ya en los años ’30, un faraónico Palacio de los Sóviets que hubiera medido 389 metros de altura, coronado por una estatua de Lenin de 100 metros.  A tono con la guerra declarada a la Iglesia Ortodoxa, sería emplazado en remplazo de la Catedral de Cristo Salvador, que fue demolida a tales fines en 1931. La invasión nazi y problemas estructurales que provocaron la inundación de los cimientos frenaron el proyecto (luego de la caída del comunismo, la catedral fue reconstruida en 1994 y sus cúpulas doradas son hoy una de las principales atracciones del centro de Moscú).

Pero el triunfalismo de posguerra puso a la Unión Soviética ante un nuevo antagonismo. Las Siete Hermanas fueron construidas como parte de la competencia que en todos los frentes libraban la Unión Soviética y Estados Unidos. Este conjunto de edificios fue la reacción de Stalin a los imponentes rascacielos norteamericanos de Nueva York, en el contexto de una Guerra Fría donde la rivalidad entre potencias se extendía desde lo militar y cosmonáutico hasta la cultura y el deporte. O en este caso, la arquitectura y el urbanismo. Algunos de estos rascacielos mantienen hasta hoy su función original, otros fueron irónicamente reconvertidos en gigantescos paraísos de la economía capitalista. En su conjunto, son centinelas de la vida cotidiana en la capital rusa.

24/10/2014

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