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Las estancias de la provincia de Córdoba

El motor de la economía jesuita

Por Arq. Julio Cacciatore
Integrante de la Fundación TIAU.

Fotos: Estancia La Candelaria, por Mariano García (@solesdigital)

Las estancias jesuíticas situadas en la provincia de Córdoba fueron declaradas monumentos históricos nacionales en la década del 40, pero en noviembre de 2000 la Convención del Consejo Mundial de Patrimonio y Sitios ICOMOS, reunida en Cairns, Australia, hizo que Jesús María, Caroya, Candelaria, Alta Gracia y Santa Catalina alcanzaran la categoría de Patrimonio de la Humanidad junto con la denominada Manzana Jesuítica de la ciudad de Córdoba y el Cañón de Talampaya en la provincia de La Rioja.

Dentro de la importante obra realizada por los jesuitas en la época colonial, las llamadas “estancias” constituyen uno de sus puntos culminantes como obras de arquitectura. Ubicadas en la provincia de Córdoba, dichos establecimientos no presentaron ni la organización ni los fines de las reducciones ubicadas en el noreste de nuestro país. Conformaron establecimientos rurales de apoyo económico a las instituciones educacionales que los religiosos habían fundado en la ciudad de Córdoba en los primeros años del siglo XVII.

La producción agrícolo-ganadera de esas estancias generaba recursos que permitían el mantenimiento del Colegio Máximo (luego fue la primera Universidad en territorio argentino), del Noviciado y del Seminario para formación de sacerdotes, todos regenteados por la orden.

Pese a que también fueron centros de irradiación religiosa, el funcionamiento de las estancias estuvo fundamentalmente ligado a la producción. El personal que lo atendía no era numeroso. Tal como refiere Mario J. Buschiazzo en uno de sus libros (Estancias Jesuíticas de Córdoba, Filmoediciones Valero, Buenos Aires, 1969), bastaban “…uno o dos padres o hermanos estancieros (así se los llama en los documentos de entonces) y luego los indios mansos y los esclavos necesarios para atender las faenas rurales. No había ni se necesitaban esa cantidad de casas dispuestas en filas paralelas que se ven en las misiones guaraníes. Bastaban unas pocas viviendas, tratando siempre de mantener a los indios separados de los negros esclavos”.

La historia informa que los indígenas estaban a sueldo —los jesuitas nunca admitieron el sistema de encomiendas—, que había también negros esclavos y que no todos los indios cordobeses se avinieron al trabajo. Muchos eran “bravos” a diferencia de la mansedumbre de los guaraníes de las misiones del Paraguay. De ahí las empalizadas con que se protegieron las edificaciones de las primeras estancias: Caroya y Jesús María o el emplazamiento protegido de Candelaria.

Trigo, hortalizas, frutales, viñedos (éstos con gran rendimiento), carneros, cabras, mulas eran los principales productos que contribuían ampliamente al mantenimiento de los establecimientos educativos jesuíticos. Las estancias generaron una nueva economía de subsistencia la cual (citando nuevamente a Buschiazzo) “…se fue transformando parcialmente en exportadora gracias a la abundante producción agropecuaria…especialmente la cría de mulas que llevaban en grandes cantidades al Alto Perú. Nació la artesanía local: el indígena dejó de ser solamente una herramienta para transformarse en carpintero, herrero, alarife, y, en menor escala imaginero y pintor”.

Los establecimientos, incluyendo algunos menos importantes (“chacras” o “puestos”), fueron: Caroya (1616), Jesús María (1618), Santa Catalina (1622), Alta Gracia (1643), Candelaria (1678-83-84), Santa Gertrudis o Candonga (1695), Calera, San Ignacio de Calamuchita (1726), Santa Ana (circa 1740).

El programa de necesidades dio como resultado conjuntos arquitectónicos donde eran infaltables el templo, locales principales —habitaciones de los padres, oficinas, talleres, depósitos—, organizados alrededor de un gran patio con galerías, “la ranchería"—esto es viviendas para indios y negros en cuerpos separados— y el cementerio.

En algunos casos se construyó un gran estanque para almacenar agua. Este programa que comenzó con simples construcciones de adobe y paja fue conformándose rápidamente a medida que los recursos así lo permitieron lográndose obras de notable valor arquitectónico en lo formal y lo técnico.

Caroya, la más antigua de las estancias, mantiene un edificio principal importante en sus proporciones pero sencillo y desparejo formalmente debido a agregados que fue teniendo en el tiempo. La capilla es de dimensiones modestas y el patio está rodeado en sus cuatro lados por una galería que también se presenta en la fachada principal. En principio estaba sostenida por horcones de madera que luego se reemplazaron por pilares y arcos de mampostería, en un proceso de enriquecimiento arquitectónico por el que pasaron casi todas las estancias.

En 1767, la orden jesuítica fue expulsada de todos los territorios de dominación hispana. Sus propiedades pasaron a estar a cargo de la llamada Junta de Temporalidades que dispuso su venta pasando con mayor o menor fortuna a manos de particulares.

Estas tres estancias son las más valiosas arquitectónicamente y las mejores conservadas: Jesús María, Alta Gracia y Santa Catalina.

La Estancia Jesús María

Su nombre original era San Isidro Labrador, posee una capilla con techo de bóveda de cañón y cúpula en el crucero. El frente principal con un pequeño campanario no es del período jesuítico. Se construyó hacia 1870 y no tiene relevancia arquitectónica. Sí es interesante la espadaña triple que cierra por detrás el templo y el claustro de dos pisos que rodea dos lados del patio. Sus arcos tienen el diámetro menor que la distancia entre los pilares que les sirven de apoyo formando así un diente entre ambos. Otro detalle son los óculos con forma de trébol que se encuentran en las enjutas del piso alto.

Tras la ida de los jesuitas, el conjunto padeció la incuria y el abandono. En 1945, se iniciaron las labores de reconstrucción destinándose el edificio a Museo Jesuítico.

La Estancia Alta Gracia

Los edificios de la estancia de Alta Gracia se encuentran en medio de la ciudad de ese nombre. Su arquitectura presenta peculiaridades casi únicas en nuestra arquitectura colonial. La iglesia, de nave única, tiene su cúpula apoyada sobre dos muros enfrentados de planta curva, el interior y el frente presentan ornamentación de líneas barrocas, detalles poco comunes entre nosotros ya que el desborde barroco sólo se daba en altares, púlpitos, muebles e imágenes. Al respecto cabe apreciarse aquí el retablo del altar mayor y el púlpito, piezas originales y de estupenda factura. También presentan líneas barrocas el portal de acceso al patio y el que se encuentra al fondo del mismo. En el ala norte se encuentran los “lugares comunes”, interesante sistema sanitario instalado al construirse el edificio y descubierto recién al hacerse obras de restauración en 1971. Otra peculiaridad: al revés de otras estancias, los talleres se encontraban en un edificio separado, ubicado frente al lado sur de la iglesia y hoy separado de ésta por una calle de la ciudad.

Después de haber sido transferida a la Junta de Temporalidades, hacia 1810 la propiedad fue adquirida por don Santiago de Liniers, cuyos descendientes volvieron a venderla. En 1870, el último de sus dueños donó las tierras para fundar una población alrededor de las construcciones de origen jesuítico, dando origen a la ciudad de Alta Gracia. El gran estanque o tajamar, reserva de agua de la estancia, ubicado al norte del edificio principal, se conserva hoy incorporado a la traza urbana. Salvo la iglesia, mantenida como templo parroquial, el resto de las construcciones alojan hoy a un museo que ilustra la vida colonial a través de muebles y enseres.

La estancia Santa Catalina

Según Buschiazzo, Santa Catalina es la mejor y la más hermosa de las estancias, fundamentalmente por las dimensiones del edificio principal “que debía tener tres patios”, cosa que se alcanzó gracias a las obras de propietarios posteriores a la época jesuítica, y por la relevancia de su arquitectura. La iglesia tiene un frente de estilo barroco que se atribuye al hermano bávaro Antonio Harls, con un remate curvilíneo y detalles ornamentales en una piedra de talco, muy untuosa por lo que se le llamaba “piedra sapo”. El templo, con cubierta de bóveda, conserva en su interior el altar mayor de algarrobo dorado y otros dos en el crucero realizados en argamasa y yeso y profusamente decorados en estilo rococó. Escaños tallados, imágenes y seis cuadros de escuela potosina son parte de un tesoro artístico que sin duda habrá sido mayor. El lenguaje barroco se presenta también en el portal del cementerio contiguo al templo, donde también se aprecian los trabajos en piedra sapo. En ese camposanto reposan los restos de Antonio Zípoli, notable músico italiano quien fuera organista de la iglesia romana de Jesús y muriera en el lugar. Como en Alta Gracia, en Santa Catalina se ha conservado hasta hoy el tajamar y una cañería subterránea que traía el agua desde la sierra de Ongamira.

La Junta de Temporalidades vendió la que fuera estancia jesuítica a Francisco Antonio Díaz, alcalde de la ciudad de Córdoba, quien realizó algunos agregados al conjunto pero conservándolo en su mayor parte. La propiedad está aún en manos de sus descendientes.

Otras estancias jesuíticas en Córdoba

En un emplazamiento más alejado e inhóspito, situada en una hondonada, que la protege de los vientos, la estancia de la Candelaria conforma un edificio cerrado y protegido como un fortín. El aislamiento y la vecindad de indios bravos exigió precauciones como gruesos muros de piedra, troneras disimuladas y puertas reforzadas con una arquitectura funcional que no da cabida a preocupaciones ornamentales. Fue próspera gracias al comercio de mulas y, echados los jesuitas, también fue comprada por el alcalde Díaz. Su estado ruinoso hizo que hace pocos años comenzaran tareas de restauración para ésta, la más alejada de las estancias jesuíticas (118 km de la ciudad de Córdoba).

Santa Gertrudis, más conocida como Candonga, fue sólo un “campo menor”, un punto de contacto entre las estancias más alejadas. Sólo ha quedado la capilla, uno de los mejores ejemplos de nuestra arquitectura colonial. De pequeñas dimensiones y concretada con la modestia de los materiales locales denota la mano de un avezado diseñador. El volumen de la nave coronado por una elegante linterna, se articula armónicamente con otro perpendicular que contiene la sacristía; una espadaña, al costado del frente, otorga movimiento al conjunto. La bóveda de cañón de la nave sobresale hacia el frente dando así importancia a la portada. Esta solución de pórtico in antis es motivo dominante en numerosas iglesias y capillas desde México al Alto Perú, siendo Candonga el ejemplo emplazado más al sur en los dominios de España.

Otros establecimientos fueron La Calera, muy cerca de la ciudad de Córdoba y San Ignacio de Calamuchita, al sur de Alta Gracia. De ellas, poco es lo que ha perdurado.

Los jesuitas desarrollaron en estas estancias una arquitectura que por lo pragmática no dejó de tener su calidad formal. Queda el interrogante de quiénes fueron sus arquitectos. Sabido es que se ha atribuido la autoría de gran parte de la producción jesuítica en nuestro país a la obra conjunta de los hermanos Andrés Blanqui y Juan Bautista Prímoli. Pero ello no es lógico: habiendo tanta necesidad de maestros hábiles en la construcción no correspondería hacerlos trabajar conjuntamente.

Por eso, es a veces difícil acertar cuál fue la participación de cada uno en determinada obra. Ambos fueron diseñadores con sólida formación si bien con no mucha originalidad, reconociéndoselos por ciertas características del lenguaje que usaron repetidamente. Pero, en ciertos casos, como en Santa Catalina o en Alta Gracia, puede hablarse de la intervención, al menos parcial, de otros autores. El acudir a un barroquismo profuso hace pensar en la presencia de maestros pertenecientes a la orden pero de origen alemán, bávaros tal vez, y que también estuvieron activos en la época colonial.

Por su valor histórico y artístico estas construcciones —que el esfuerzo conjunto de la Nación y la Provincia de Córdoba han logrado preservar— se incorporan ahora a los itinerarios internacionales del turismo cultural que desde los últimos años del siglo XX viene promoviendo la UNESCO. Una nueva forma de conocimiento de la vida de los pueblos y muy especialmente una apuesta al respeto y promoción a la diversidad creativa.


Revista Soles – Nº 75.
Abril de 2001.

Notas relacionadas:

Las Ruinas de San Ignacio: Memorias del paraíso guaraní

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