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La Costa Riojana: colores y sabores en tiempos de chaya

La Rioja - Costa Riojana

Los pueblitos de la Costa Riojana, encadenados por caminos sinuosos entre un verde inusual en la provincia, con sus árboles frutales, olivos, dulces y vinos artesanales, tambos y antiguas iglesias, son ideales para el miniturismo si se visita La Rioja por pocos días, como ocurre durante la chaya.

Cuando alguien recomienda visitar "la costa" en La Rioja, uno piensa que se ha confundido, más en estos días de chaya -versión riojana del carnaval norteño- cuando la gente anda con el rostro enharinado y pintado, empapada de agua, con una ramita de albahaca en la oreja y resabios del alcohol que acompaña a la festividad. Pero la Costa existe, aunque no es una costa marina ni siquiera fluvial, sino la zona que bordea el cordón de Velasco, con unos 13 pueblitos a la vera de la ruta provincial 75 -en gran parte de ripio-, en un microclima especial, que comienza a unos 30 kilómetros de la ciudad capital y se extiende unos 120 más.

Su pintoresco ambiente, en el que prevalece el verde en valles, quebradas y cerros, con grandes nogales, olivos, durazneros, manzanos, membrillos y frescos viñedos entre altos cardones, la convirtieron en el lugar preferido para escapadas de fin de semana de los capitalinos, lo que se hace extensivo a los turistas.

Los habitantes de estos pueblos de casas bajas, algunas de adobe con techos de paja, no son más de 800 y a veces poco más de un centenar, como en Santa Vera Cruz, el más alejado, más pequeño y más alto de la región (1.800 metros sobre el nivel del mar). La base de su economía es generar productos vegetales y animales de limitada cantidad pero alta calidad, ya que mantienen técnicas artesanales tradicionales y no manejan sistemas industriales.

Uno de sus atractivos son los vinos, en especial malbec casero y torrontés riojano, además del "hervido", en el que se hierve el jugo de uva y tras mezclarlo con una parte cruda se obtiene un vino dulce de mayor graduación alcohólica. En Aguas Blanca, un francés llamado Michel compra el vino malbec y, en una réplica de una costumbre de su pueblo cercano a los Pirineos, le agrega nueces verdes, que le cambian el color y el sabor y generan un vino especial. Aunque el emprendimiento de este hombre, que integró la custodia del ex presidente francés Jacques Chirac, no es el vino sino un tambo caprino, con unos 80 animales, donde además de venderlos para consumo cárneo produce queso y dulces artesanales de leche (de cabra), higos, durazno, nuez y zapallo.

En Anillaco, la médica retirada Amelia Bozas, de 72 años, produce el vino "Mío", que aseguró es el único totalmente natural de la costa, sin químicos y ni siquiera levadura agregada, sobre el que explicó que "la base está en el manejo de la uva, porque es sólo jugo de uva fermentada".

En esa localidad también se encuentra el único criadero de esturiones del país, con alevinos traídos del Mar Negro, que espera comenzar a producir caviar el año próximo. Sanagasta, el más cercano a La Rioja, cuenta con un par de bodegas artesanales y el primer emprendimiento cunícola de la provincia, desde donde se venden conejos enteros y carne congeladas a buena parte del país.

Pero no en toda la visita se debe pensar sólo en productos gastronómicos, ya que Pinchas, vecino a Aguas Blancas, es conocido por sus tapices artesanales, considerados los mejores de la región, realizados por campesinas locales.

Los Molinos está a unos cinco kilómetros de Anillaco y en su plaza principal se conservan los restos de dos molinos harineros del siglo XVIII, instalados por los españoles.

San Pedro, de unos 300 habitantes, está algo más alejado de la ruta 75, en una zona que fue de picapedreros, por lo que su principal atractivo es la iglesia, levantada en 1890 precisamente con piedras cortadas y reconstruida en 1955.

El último pueblito, a 1.850 metros de altitud, es Santa Vera Cruz, que además de sus panes caseros y quesillos de cabra, ofrece propuestas de turismo aventura, con senderismo y campamentos por sus cerros hacia miradores, grutas y cascadas.

Un atractivo algo escondido pero que sorprender por su tamaño es "El Castillo", una construcción hecha por un ermitaño recordado como Dionisio, cuya arquitectura recuerda los cuadros de Dalí, con paredes y esculturas multicolores y unas aspas de molino en homenaje a "Vincet Van Gohg" (SIC), como indica en la entrada. Esta extravagante edificación que no encaja con el verde de diversas tonalidad del paisaje local, es sin embargo motivo de orgullo o al menos de referencia para la mayoría de los 130 habitantes del lugar.

Uno de los pocos pueblos de la costa que tiene hospedaje es Anillaco, por lo que la opción para recorrerlos bien -que demanda dos o tres días- es pernoctar en la capital o en Aimogasta.

18/2/2013

www.solesdigital.com.ar

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