Turismo

NovedadesArchivo

Montenegro: El lado B del Adriático

Picnics Musicales en Parques Nacionales

Niš (Serbia): en la encrucijada de la historia

Colonia, Uruguay

El placer de la pausa

Texto y fotos: Agostina Dattilo

Colonia, Uruguay

De a dos, de a tres,  en familia, con amigos, con nietos o solos. Colonia del Sacramento ―para todos simplemente Colonia― espera tranquila la visita de quienes buscan un descanso. Está allí, acostada sobre la orilla norte del  Río de la Plata, solitaria, aislada del ruido, de la polución y del desorden. Mansa, uniforme, bella. Luminosa, soleada y cálida. Paciente y relajada. Sin apuros y con rincones pintados. Así me esperó Colonia cuando la visité.

Hay una vieja casa de antigüedades ―Anticuario se llama― que hace las veces de museo. No hay guía turístico, ni horarios, ni referencias precisas; solo el testimonio de su dueña que nos cuenta la historia de aquella casona “mitad portuguesa y mitad española” inundada de chucherías y latas, sobre cajones y mesas, adornadas con pocillos y teléfonos viejos, entre muebles imposibles y un olor único. Los ambientes han sido respetados por la restauración, que aún joven no permite que este lugar se convierta en patrimonio histórico. El desnivel original no pasa desapercibido: uno, dos, tres escalones de aquí hasta allá. Dos más hacia acá. Tres para salir al jardín trasero. La calle está en bajada y no existía en la cabeza del portugués la intención de nivelar. Después un español se encargó de continuar la construcción, y así quedó esta casa ―no hay muchas más “mezcladas”― a pasos del Farol de la ciudad.

Es este acogedor lugar un símbolo de lo que representa Colonia desde el punto de vista arquitectónico, producto de los interminables conflictos entre portugueses y españoles. Característica y diferente por ser la única ciudad fundada por los portugueses en las costas del Río de la Plata, allá por 1680, Colonia pasó luego a manos españolas, los responsables de su idiosincrasia colonial. Entonces la piedra y el adoquín predominan tanto como la construcción típicamente española; y las ventanas pequeñas con rejas prolijas conviven con la luz de los faroles en perfecta armonía.  Justamente por haber sido una ciudad estratégica ―desde el punto de vista geopolítico, militar y naval― durante la lucha entre España y Portugal por la dominación de nuestras tierras y el Río de la Plata, en 1995 la UNESCO le puso el famoso cartel de “Patrimonio Histórico de la Humanidad”.

Colonia, Uruguay

La piedra y la humedad no dejan al sol calentar como quisiera. Los pisos fríos necesitan de los hogares ardientes, y convierten cada sitio en generoso e íntimo. En invierno, el frío no molesta, sino que acentúa el descanso. El placer de los contrastes siempre fue placer. Caminando, a cada paso Colonia seduce, invita, se entrega. El ruido no existe, solo la música de los pájaros y el canto de una guitarra. Después del buen comer en una parrilla donde todo está en su lugar ―se parece a un refugio, un nido, un escondite descubierto frente al mundo―, el olor permanente, somnífero y embriagador de la leña de la mano de un vino de la casa termina de empujarnos al precipicio de la pausa. Un perro acompaña, son muchos los que se suman al descanso. La paz penetra a cualquiera, no distingue de hombres y animales. Ellos ―los perros― también eligen el sol del mediodía del viejo muelle de madera para llenarse de energía y de paz. Los enamorados, también. Los distingue ―a los enamorados de los perros― el mate y un libro.

La  avenida principal Gral. Flores desemboca en el río, y divide a la parte más antigua de la ciudad en dos, siempre hacia donde la vista vaya las aguas la sorprenden. Las calles de piedra ―angostas, intactas― son iguales y diferentes, cada esquina y cada cuadra de las no más de quince manzanas que forman el casco histórico se parecen y a la vez transpiran una identidad única, cuentan una historia, trasmiten una leyenda, nos inducen al creativo e intenso viaje de la fantasía. La Calle de los Suspiros, con su nombre cinematográfico, por lo menos seduce, invita a la imaginación. De todas las historias que se tejen alrededor de su toponimia ―algunas románticas, otra bélicas―, me quedo con la más intensa: Dicen que los marineros que desembarcaban en Colonia transitaban esa calle en subida suspirando por las prostitutas que allí desfilaban, ansiosas, esperando. El placer y el encuentro, fugaz, de quienes llegaban para luchar ―quizás para morir― y encontraban en esos pasos el amor de los cuerpos.

Antes de las seis de la tarde caminaba por la calle Misiones de los Tapes y de golpe el sol se acostó en el agua marrón y durante unos minutos cubrió de un manto anaranjado toda la bahía. La gente se acercaba inquieta, de las callecitas bajaban apurados por el espectáculo, bellísimo, que ameritaba el disparo de la cámara.

Colonia, Uruguay

Los colonienses, siempre amables, son conversadores. Serviciales y atentos. James, un hombre fuerte y trabajador, nos cuenta de la cantidad de europeos, brasileros y chilenos que hoy visitan Colonia. Fuera de temporada los argentinos cruzan el charco pero no son mayoría en la ciudad; pero paradójicamente la cercanía con Buenos Aires obliga a muchos viajantes a percatarse de la pequeña joyita que está ahí nomás, como mucho a tres horas de barco.

Desde el centro hacia el norte de la ciudad se extiende una costanera de más de seis kilómetros trazando una curva hasta la turística zona del Real de San Carlos. A medida que nos acercamos a la Plaza de los Toros se hace más pequeño el Faro que custodia la ciudad vieja, allí en la punta de la bahía. A principio de siglo XX se ideó un complejo turístico para los porteños de la alta sociedad que venían a divertirse: una Plaza de Toros ―donde solo llegaron a realizarse ocho corridas hasta que la cerraron―, un Frontón de Pelota Vasca y un Gran Hotel Casino. Un muelle recibía los buques a vapor que llegaban al lugar de la capital de la Argentina.  

Alguien dijo que las personas deben viajar a los rincones que significan algo para uno, allí donde ocurrieron las cosas importantes de sus vidas. Yo creo que el viaje se puede realizar a través de los sentidos. Ojalá todos pudieran encontrar en Colonia ―o en definitiva, en cualquier sitio del mundo― un anclaje al pasado. Un olor, un sonido o una voz que toque las fibras intimas de la infancia. Recordar y compartir con un ser querido pequeñeces de nuestra historia. Eso entiendo yo que debe despertar un lugar para convertirse en una ciudad, un pueblo o simplemente, una esquina especial.

31/7/2010

www.solesdigital.com.ar

Destacados de Turismo
Estancias jesuíticas Ruinas de San Ignacio Rascacielos de Moscú