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Barcelona

Contrastes en la ciudad de las diferencias

Texto y fotos: Mariano García
@solesdigital

La superposición de estéticas, estilos de época y culturas fue siempre una de las principales características de la Barcelona que desde hace más de quince años comenzó a ubicarse entre los principales destinos turísticos del mundo. Sin embargo, en el último lustro la ciudad presenta notables modificaciones en su fisonomía, su ambiente cultural y su paisaje urbano.

A lo largo de su historia, se han superpuesto en Barcelona estilos arquitectónicos y corrientes artísticas que supieron compartir el espacio en una lograda convivencia. Desde el románico y el gótico presentes en la catedral y el patrimonio del Museo Nacional de Arte de Catalunya, pasando por el modernismo de finales del siglo XIX que de la mano de Antoni Gaudí le dio una identidad propia a la ciudad, hasta el salto a la modernidad que fueron los Juegos Olímpicos de 1992.

Cada estética supo consagrar sus propios sitios emblemáticos: lo medieval en el Barrio Gótico, el modernismo a través del Passeig de Gràcia y el funcionalismo con la Villa Olímpica y la costanera con sus torres Mapfre y Hotel Arts.

Eran épocas en que la ciudad soñaba con las promesas de la multiculturalidad, se abría al mundo y batía records de afluencia turística en cada temporada. El clímax de esta época de oro para el turismo barcelonés llegó con la celebración del Año Gaudí en 2002, movida de promoción cultural con la que la ciudad reafirmó su perfil modernista como principal carta de presentación. Pero con el avance del siglo XXI se fue deteriorando lentamente este frágil equilibrio estético, cultural y social.

El funcionalismo vio cómo perdía terreno ante la avanzada promocional que tenía el modernismo, a sus ojos sobrecargado, anacrónicamente lujoso y poco práctico. Obras emblemáticas de Barcelona como el templo de la Sagrada Familia, el Parque Güell, la Casa Milá y Battló, etc, llenaban las postales de Barcelona. La manía por Gaudí llegó a convertirlo en la imagen institucional de la ciudad, elevando al arquitecto al estatus de héroe local (por ejemplo, con la edición de numerosas biografías, novelas y libros sobre su vida y obra).

La respuesta del funcionalismo tuvo 142 metros de altura, 50.500 m2 construidos, toneladas de hormigón y acero y miles de luces de colores para acaparar todas las miradas: la torre Agbar (ocupada por la empresa Aguas de Barcelona). Dispuestos a darle un nuevo emblema arquitectónico a la ciudad, el francés Jean Nouvel en colaboración con la firma de arquitectos barcelonesa b720 desarrollaron este megaproyecto que compite dentro del poblado skyline de la ciudad, y se ubica a la vanguardia del emergente distrito 22@, llamado a ser el nuevo barrio de moda de Barcelona.

Torre Agbar, Barcelona

Como contracara de este avance, los clásicos barrios turísticos de la ciudad, como el Gótico y el Raval (a ambos lados de la Rambla), están cada vez más deteriorados, han perdido su encanto pintoresco y sufren la fragmentación socio-económica característica de los barrios marginales de toda megalópolis. El sueño de la multiculturalidad se convirtió en la cruda realidad de un Cuarto Mundo donde los inmigrantes provenientes de Asia, África y Latinoamérica se recluyen en periferias y ghettos, aislados del progreso de la sociedad catalana y marginados por los circuitos culturales oficiales.

En el pensamiento político, el nacionalismo catalán, otrora ubicado a la izquierda del espectro por su oposición al centralismo madrileño, hoy levanta las banderas de la propiedad, tradición y familia, consignas que llenan los carteles propagandísticos de la principal fuerza política regional: Convergència i Unió (CiU). Anteriormente liberales, progresistas y socialdemócratas, hoy son la principal reserva de valores reaccionarios, sobre todo en relación a la población musulmana.

El virus de la xenofobia y el racismo afectó incluso las oficinas del organismo público que supuestamente debería ser el más receptivo a las visitas: Barcelona Turisme. Allí, en las oficinas de la Gerente de Relaciones Internacionales, María-Lluïsa Albacar, el trato a la prensa sudamericana (especialmente de Argentina y Uruguay, según sus propias palabras) es denigrante. La sola mención de un apellido de origen español levanta sospechas discriminatorias (“¿no vendrás aquí a buscar trabajo, no?”), en un ambiente donde los prejuicios se imponen por sobre la hospitalidad que debería regir en un despacho destinado a mejorar las relaciones de Barcelona con el mundo. Menos aún les interesa el aporte que pueda hacer a la ciudad el turismo sudamericano.

La Barcelona modelo 2008 está atravesada por contradicciones, y las caras ocultas del progreso asoman a la superficie. O hacen temblar los cimientos de la tradición, como en la encendida polémica en torno a hacer pasar el tren de alta velocidad de la empresa Renfe por debajo del monumental templo de la Sagrada Familia.

El racismo latente detrás de la pretendida multiculturalidad, la pauperización de algunos barrios históricos que acompaña el despegue de otros nuevos y avanzados, la competencia disonante entre estilos arquitectónicos que solían convivir en armonía. Signos de una ciudad que en vez de enorgullecerse de su diversidad, exacerba las diferencias.

15/05/2008

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