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El trompo metálico

Una familia que se oculta tras el “saber”

Por Alicia Nieva
alicianieva@hotmail.com

Dirección y dramaturgia: Heidi Steinhardt. Elenco: Diego de Paula, Greta Berghese, Victoria Almeida. Asistente de Dirección: Nicolás Deppetre. Jueves a las 21 hs., sábados a las 23.30 hs. Teatro del Pueblo, Pte. Roque Sáenz Peña 943. Reservas: 4326-3606. Entrada: $25 y $15 a estudiantes y jubililados con carnet.

El Trompo MetalicoCon su ópera prima, El trompo metálico, Heidi Steindhart despliega un humor de una cruel lucidez. Sus personajes disparan con sus parlamentos la carcajada y con sus acciones generan tensión y tristeza ante la injusticia.

La primera obra de Steindhart alcanza momentos de teatralidad brillantes a través de las impecables actuaciones, y de la puesta en escena de la mansión donde la familia vive, en la que la anacronía de los objetos conviven con las alusiones contemporáneas de los personajes.

La familia protagonista de la historia está conformada por el padre, la madre y la única hija. Este triángulo será un satélite de un cuarto elemento: el conocimiento.
Catalina es una jovencita que debe cumplir con el mandato familiar de cultivar la inteligencia de manera enciclopédica. Sus desvelos por satisfacer la exigencia de sus padres nunca logran su cometido. Vive para el estudio y el arte de las buenas costumbres bajo la mirada acuciante de su madre que oficia de tutora y la martiriza con las clases de ballet, canto y recitados varios, y del padre, figura temible que evalúa los resultados académicos de la primogénita.

La niña adolescente debe convivir con los ataques constantes de su madre que mal puede sostener con su ineptitud un lugar preeminente al lado de su marido, y con el escarnio al que la somete su padre (Ricardo), autoritario y feroz en su sabiduría.

Los tres viven en esa especie de limbo histórico en el que parecen haber detenido el tiempo en la era ilustrada, y donde todo, hasta el juego, es un excusa para exhibir cuánto hay de saber. Brillante es la escena en que padre, madre e hija juegan al tutti fruti, pero las categorías de búsqueda de palabras remiten a reyes de la monarquía, matemáticos de la edad media, tipos de ecosistemas y climas, y otras excentricidades académicas, que provocan la risa del espectador ante el absurdo.

A pesar del esfuerzo que pone su padre en convertirla a su imagen y semejanza en un ser ceñudo y sabelotodo, Catalina logra sostener un último refugio propio, donde la imaginación y la sensiblidad no han sido vencidas por el exceso de información. El contraste entre la sensibilidad de Catalina y la sensatez miope del padre se ven claramente cuando leen una fábula oriental. El padre la interpreta en forma mezquina desde el paradigma “civilización/barbarie”, y censura cualquier otro saber que no sea el occidental, y Catalina vislumbra la poesía encerrada en esas palabras que su padre no puede comprender.

La intransigencia del padre y la madre no se restringe a lo que está permitido aprender y lo que no, sino que se extiende a los modos de ver el mundo y de interpretar las cosas.

Hasta aquí todo parecería simplemente una competencia por el acopio de cultura legitimada. Pero tras la obsesión por el conocimiento, se ocultan otros sentimientos más oscuros. La relación del padre y la hija, donde el castigo corporal por el error es vigente, pronto evidencia la sombra del abuso. El deseo reprimido de un padre que busca ser la única figura importante en la vida de su hija, se manifiesta en varios momentos, en los que las miradas de ambos se cruzan como las de quien comparten un secreto.

Lo más interesante de la obra es que si bien este mundo absurdo y tragicómico podría ser calificado de farsesco, la construcción de los personajes, sobre todo el de Catalina, magistralmente interpretado por Victoria Almeida (quien ganó el Premio Teatro del Mundo por su labor), tiene una profundidad psicológica que se trasluce en las emociones. Los ojos de Catalina son como ventanas a su alma.

Cuando la sonrisa estampada de la sumisión aparece en su rostro cada vez que la increpa el padre, su mirada dice otra cosa, habla del sufrimiento, de la rebeldía, que poco a poco se abre paso y puede manifestarse.

La escenografía aporta una atmósfera irreal y casi onírica. Una pila de libros sirve de montaña y es escalada por Catalina cada vez que debe resguardarse de sus padres. El mobiliario remite a épocas de esplendor un tanto rancio. Y el pizarrón nunca deja el escenario.

Se sabe que para jugar con el trompo hay que rodearlo con un cordel bien apretado. Luego se lo lanza para que éste empiece a girar sobre su punta. El jugador dirige la velocidad que logra el trompo con el cordel. Por más velocidad y perfección que alcance el trompo en su movimiento circular, el cordel que maneja desde la otra punta el jugador nunca lo suelta.

El padre de Catalina todos los años le regala para su cumpleaños un trompo: la figura perfecta, el ideal a alcanzar.

24/4/2008

www.solesdigital.com.ar

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