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Territorio Plano

Montaje de estilos

Autor: Bernardo Cappa. Dirección de Walter Rosenzwit. Actúan: Bernardo Cappa, Andrea Vázquez, Gabriela Falivene, Viviana Vázquez y Walter Rosenzwit) Teatro del Abasto (Humahuaca 3549), sábados a las 21. Precio de localidades: $ 8.-

En Territorio Plano, dirigida por Walter Rosenzwit (que también actúa), hay varios estadios que entran en combinación: una historia, mezcla de absurdo y misterio clase “B”, una gama de juegos teatrales, un manejo del espacio donde ningún rincón es ajeno a la puesta, y una escenografía que deambula entre la identificación lógica de los objetos y el espejismo.

Tres hermanos vuelven a juntarse en la casa de la infancia por pedido del hermano mayor (Cátulo, el cuarto), ya adultos aunque entre ellos sigan siendo los niños de antes. El motivo del encuentro es regresar a Zorzal, su antiguo perro, de la muerte. Ese hecho fue el punto de partida de un drama que todavía no han podido resolver y que años después, por iniciativa de Cátulo, el que los cita, tratarán de entender mediante distintos medios cuál fue el motivo real por el que el enigmático animal dejó el mundo terrenal. Esta vez los recibe Almudena, mujer que introduce a los hermanos en representaciones que van de la memoria emotiva hasta ridículos rituales espiritistas.

El texto roza continuamente el absurdo. Lo que sucede en la platea es un ejemplo claro del tipo de estructura narrativa que se emite en Territorio Plano. A simple oído, hay una mitad del público que no para de reírse (en una obra en donde no hay ningún atisbo de chiste o humor; todo lo contrario), y la otra que escucha seria o se mueve porque no entiende nada de lo que pasa o putea por lo bajo cuando escucha las risotadas del que tiene al lado.

El autor (y también actor de la obra), Bernardo Cappa explica el proceso creativo: “Cuando nos dimos cuenta de lo que teníamos en la mano, temblamos. Decidí escribir un texto contando como en el histórico revuelto gramajo todo lo que habíamos trabajado; hacer lenguaje del tiempo de ensayos. A la hora de escribir, lo que hice fue repetir un mecanismo que nos había funcionado, que era el recuerdo”.

De eso se trata entonces: de una cadena de imágenes emitidas por los cuatro protagonistas. Lo más atractivo del relato es tratar de hilvanar una historia cuando los recuerdos que se ponen en juego son los de cuatro personajes. En la confusión está lo raro y el encanto del texto. De todas formas (y quizás eso le quita el misterio a un relato que se desarrolla en un tiempo onírico) en el final de la obra se llega a un acuerdo y la historia cierra bastante coherente.

El manejo del espacio es otro acierto de la puesta. Apenas el público ingresa en la sala, ya tiene que dejar de hablar (algunos no lo hacen; terrible costumbre popular) para prestar atención a un cuarto que está al final de la interesante sala del Teatro Del Abasto, muy al fondo, con buena iluminación y con voces que se escuchan y no se pueden comprender (de eso hay mucho en la obra, porque en su totalidad se desarrolla siempre en dos planos).

Lo único que se identifica es una mesa en la que se apoyan sillones (que más tarde utilizarán para mojarse en uno de los tantos juegos que los hermanos evocan en su niñez), una botella de vino tinto (que después sirve para representar, en otro juego ritual, a la sangre de Zorzal), un plato con fiambre y un perchero. Si bien la obra transcurre en la casa de sus padres (siempre presentes aunque hayan muerto ya), ese inmueble no es otra cosa que un territorio plano, donde los espacios (cocina y living) están delimitados por un dibujo en el piso (al mejor estilo Dogville, de Lars Von Trier).

Las actuaciones son otro punto fuerte. La relación de los tres hermanos adultos que no dejan de tratarse como si fueran niños es espontánea. Como si no hubiera pasado el tiempo, juegan, se hieren, se boicotean, se asocian, se odian. Todo a la vez, como en el mundo de los niños (o del cortes mundo adulto, donde manda la resignación) y sin que los violentos cambios de clima provoquen una visión contradictoria.

Se diría que es una obra para entendidos pero tiene un lenguaje universal, muy identificable, que es el del recuerdo borroso que se presenta y no deja en paz hasta que por fin pueda clarificarse.

Es para verla tranquilo y no esperar, al otro día, explicarse a la hora del almuerzo entre los compañeros de oficina. Recomendada para los amantes del absurdo (del bueno, del creíble) y para estudiantes de teatro (es una gran clase, aún sin proponérselo).

Juan Grazide

11/02/2005

www.solesdigital.com.ar

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