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La burlona tragedia del corpiño

Fernando Peña, y su visión del mundo femenino

Por Mariano García
mariano@octubre.org.ar

Idea, concepción y protagonista: Fernando Peña. Guión: Fernando Peña y Sebastián Wainraich. Con Juan Pablo Mirabelli, y María Mauricio. Teatro Liceo (Av. Rivadavia y Paraná, Capital Federal). Jueves a las 20.30, sábados a las 22 y domingos a las 19.30 hs. Entradas desde $20 en el teatro o por Ticketmaster al 4321-9700.

Fernando PeñaEl multifacético Fernando Peña ha estrenado en Buenos Aires la obra que le valió el premio Estrella de Mar 2004 al Mejor Drama en el verano marplatense, y que lo llevó a recorrer con éxito el interior del país. Se trata de “La burlona tragedia del corpiño”, una propuesta menos humorística que las anteriores de Peña en Capital, con menos personajes en escena, y gracias a ello una mayor profundidad en los problemas y las personalidades de cada uno.

En esta obra se ve a un Peña más íntimo, mas personal y autobiográfico. Ni tan corrosivo como en “Mugre”, ni tan frívolo como “Ezquizopeña. El Musical”, las dos obras que presentó el año pasado en Buenos Aires.

Sinécdoque mediante en el título, la tragedia del corpiño es la tragedia de cinco mujeres cuyas vidas son atravesadas por la muerte, la infidelidad, el abandono y la soledad. Desde su perspectiva como homosexual, Peña se sumerge en algunas profundidades oscuras del mundo femenino.

La obra se estructura a partir de un cartero (Juan Pablo Mirabelli, actual pareja del protagonista) que se inmiscuye en la vida de los destinatarios de sus encomiendas. Averigua así sobre sus vidas, revisa su correspondencia, cambia el contenido de los paquetes en algunos casos (con dispares intenciones). Cada mujer recibe algo que es significante en su vida; en cada objeto que llega en cajas anónimas se sintetiza el trauma que aqueja a estas mujeres encarnadas por Peña. Y es a través de esos objetos misteriosos que llegan por correo mediante los cuales reflexionan acerca de sus miserias.

La tensión y el dramatismo en las vidas de estas mujeres oscila a lo largo de toda la obra. Empieza con la más atormentada de todas, la alemana Sigrid, que carga sobre sus espaldas la historia nazi de su familia. Un personaje que incomoda, que casi no da lugar a la risa, y llena la sala de angustia y odio. El odio racial transmuta en odio de clase con Marta, una empleada doméstica que ve en su adinerada patrona de clase alta la causa de su todas sus miserias; ignorando que en realidad se deben a su ex marido. Ella lo cree muerto, pero la verdad que ella no sabe es que él la engañaba con su hermana para luego desaparecer. La infidelidad masculina cambia de status social, pero le arruina la vida también a María José, una amargada viuda que debe hipotecar su casa de country por las deudas que le dejó su difunto y adúltero marido.

Llega luego la Mega, uno de los personajes más populares del actor, que reflexiona en sus 21 años como travesti sobre las ambigüedades de su sexualidad. Es este el único momento en que Peña recurre a su habilidad excepcional para interpretar dos personajes opuestos en simultáneo, demostrando un manejo vocal y actoral extraordinario. Con La Mega, Peña deja todo de sí en el escenario, expone los conflictos emocionales de alguien incapaz de definir su identidad sexual, y luego de una hora de estar vestido de mujer y termina desnudo y con su masculinidad expuesta.

Podría pensarse que hacer un desnudo total es una apuesta del actor para provocar, pero dentro del contexto de la obra, y en especial del monólogo de La Mega, no es para nada excesivo. A veces Peña puede confundir, y no se sabe si uno está viendo al que le gusta hacer escándalos en los medios, o un actor sincero que pone todo de sí en escena. Al menos en esta obra, por suerte el Peña que ve el público es el segundo, y dentro del ámbito de intimidad que crea, su desnudez física es un complemento de su exposición emocional.

Con La Mega el espectáculo alcanza un nuevo pico dramático, que es oportunamente descomprimido por la verborragia e hiperkinesia de Elisa, el personaje más divertido y humorístico de la obra. Grotesca y gritona, es una caricatura de la típica esposa de clase media porteña.

Llega entonces el momento del epílogo. Peña se sienta en su laptop, en un costado del escenario en semipenumbras, y se recrea a sí mismo como escritor de la obra que se ha visto. Un claro gesto de autorreferencialidad que atraviesa la línea que divide la ficción y la realidad, y preanuncia un profundo monólogo en primera persona –con nombre y apellido rubricados en la firma– en el cual el autor expone ante el público cómo su homosexualidad marcó la relación con su madre.

Así llega a su fin una excelente obra en la cual el actor logra un sutil equilibrio entre polos extremos como son el humor superficial (como siempre, los insultos o las alusiones a celebridades de la farándula es el camino más corto para sacarle una carcajada al público) y crueles reflexiones sobre la vida, la muerte, la sexualidad y la familia.

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