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Lúcido

Menú de piedras

Por Claudia Rojas
claudiarojas2309@gmail.com

Autor y dirección: Rafael Spregelburd. Elenco: Eugenia Alonso, Javier Drolas, Hernán Lara y María Inés Sancerni. Música: Federico Zypce. Vestuario y ambientación: Mónica Raiola. Luces: Matías Sendón. Fotografía: Patricia Di Pietro.
Teatro Andamio 90. Paraná 660, Buenos Aires. Reservas: 4373-5670. Viernes a las 22.15 hs. Entrada: $25 (desc. jub y est. $15).

Lucas tiene como principal agonía, felicidad, misión y obsesión ser el arquitecto de sus sueños lúcidos para vivir lo que sería su alegría máxima: festejar sus 25 años de modo idílico en familia. Sin embargo, preservar la armonía irreal entre su madre Teté y su hermana Lucrecia involucra comerse más que un par de piedras en el camino –literalmente–.

En el confuso proceso de mantener la vigilia en el sueño y el ensueño necesario para sobrevivir, los personajes de Lúcido, de Rafael Spregelburd, demuestran estar ligados paradójicamente de modo tanto visceral como superficial.

Por un lado, un transplante de riñón en la niñez hace que Lucrecia y Lucas estén ligados de un modo más que el sonido anafórico de sus nombres. Por otro, la práctica de ejercicios psicológicos de medio pelo llevan a este Sísifo de Parque Patricios a travestirse con la ropa de su madre Teté. Es ella quién logra unir los cabos con su simple y muchas veces desordenado modo de recordar las cosas pero que contribuyen a la construcción del relato que se enreda y apila ante nosotros por medio del discurso.

Tal confusión es fielmente representada por el manejo del espacio escénico en la obra, que sólo opera la función que los personajes dicen que tiene. El choque material-discurso hace evidente que nuestra atención debe dirigirse tanto a los contenidos del enunciado como los procesos caóticos de enunciación.

El elemento a destacar en esta obra es el diálogo. El uso del lenguaje en Lúcido funciona como construcción de la realidad que, mediante un sistema panóptico-lingüístico, arma el argumento, las relaciones de poder entre los personajes y a la vez los ubica en celdas determinadas por su nivel social y consecuentemente, el modo kitsch de apropiarse de ciertos conceptos y modas (irse al exterior, prácticas terapéuticas, etc.). Estos diálogos enloquecidos, dotan la obra de un ingenioso humor negro entre tanto caos y confusión comunicativa.

Este caos lingüístico acompaña muy bien el aspecto trágico de la obra que escapa la percepción de lo real, y lo elemento de lo absurdo evita que los espectadores tengan alguna noción del final a medida que escala el caos a proporciones sólo comparables a la fiesta en el jardín de “El Mundo de Sofía” de Jostein Gaarder. Como ha mencionado el Spregelburd al Diario Perfil: “la tragedia en sí misma me parece totalmente anacrónica, no responde a nuestra manera de percepción de lo real y ha anquilosado, como logran determinados aparatos culturales, las posibilidades de pensar en la otredad.”

El elemento ineludible de la tragedia como género se refleja en el proceso funesto de introducción de elementos de “otredad”/ individualidad y terminan siendo víctimas de su propio proceso de apropiación de modas contemporáneas. Esta imposibilidad de “otredad” cobra un aspecto físico a la hora de reconocer que no pueden escaparse estos tres miembros de la familia los unos a los otros. Están conectados por una marca física que resulta ser un ineludible aspecto de su existencia. Son cuerpos sobre los cuales opera el discurso para dar lugar a una tensión entre una subjetividad percibida y una expresión de un “yo” que ronda en una cultura que escapa el mecanismo de industria cultural del buen gusto; un “yo” atrapado en una “dialéctica perversa”.

Los personajes nos demuestran, por medio del lenguaje, que la verdad no existe fuera del sujeto, sino en un sujeto que reclama su visión sobre la verdad como indudable. El diálogo muy bien sincronizado entre los personajes va construyendo la realidad de la obra y como espectadores la aceptamos por convención. Sin embargo, siempre pueden encontrarse intentos de los mismos personajes para escapar esa construcción que se arma y desbarata cíclicamente a medida que se incorpora otra “verdad” a la pila de enunciados.

Lo único esperanzador que queda ante tanto absurdo son aquellas “mentiras enlatadas que nos hacen tanto bien”. Tratar de fijar la mirada en un aspecto de la existencia admirable como el heroísmo ciego o el ansia de controlar nuestros sueños. Hay que imaginarse a Sísifo dichoso.

21/3/2008

www.solesdigital.com.ar

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