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"Las Sacrificadas", de Horacio Quiroga

Autor: Horacio Quiroga. Dirección: Roberto Villanueva. Actúan: Rafael Ferro, Julieta Ortega, Santiago Pedrero, Jean Pierre Reguerraz, Mariana Richaudeau, Juan Pablo Rinaldi, Tina Serrano. Escenografía: Julio Suárez. Vestuario: Julio Suárez. Diseño de maquillaje: Analía Arcas. Diseño de luces: Ignacio Riveros, Leandra Rodríguez
Música original: Chango Spasiuk. Asistencia de dirección: Mónica Quevedo. Teatro Nacional Cervantes, Av. Córdoba 1155. Teléfono: 4815-8883 al 6. Entrada: $8,00 - domingo y viernes - 20:30 hs, $5,00 - jueves - 20:30 hs, $8,00 - sábado - 21:00 hs

Aunque el título de la obra de Horacio Quiroga nos hable de “Las Sacrificadas”, de dos mujeres sacrificadas, es la pareja de jóvenes (Nébel y Lidia) la que debe sacrificar su amor, dos veces en la vida; esperando, después de la segunda, no volver a encontrarse. Son Nébel y Lidia, y no ella y su madre, los sacrificados en la obra.Es una madre orgullosa (Tina Serrano) quien decide poner punto final a la humillación de un padre soberbio lo que los separa por primera vez, y aunque esa misma madre, ávida de salir de la pobreza, los intenta volver a unir, es la distancia de lo vivido lo que los separa definitvamente.

Ese amor puro con el que había comenzado la historia ya está manchado, ya no había forma de poder volver a él, sabemos desde el momento en que se vuelven a ver que Lidia y Nebel no podrán estar juntos, pero son ellos quienes no lo saben. Sólo al final, después de haber matado por completo ese amor, Lidia lamenta haber tocado lo mas puro que tenía, el recuerdo de un amor al que no podrá volver.

El juego que se produce entre la escenografía, el vestuario y el texto nos brinda esas relaciones a las que nos resulta tan difícil llegar por medio de la representación de los personajes. El minimalismo escenográfico en donde viven Nébel joven (Santiago Pedrero) y Lidia joven (Mariana Richaudeau), su amor puro, su amor sin manchas, contrasta con el incremento escenográfico que se va produciendo a lo largo del tiempo. Un recargo que no sólo vemos por la cantidad de objetos que se van sumando a la escena a través de los años sino también en el aumento de color, la paleta se va oscureciendo; Lidia joven es una chica vestida de blanco, Lidia ya adulta (Julieta Ortega) no puede llevar un blanco puro, está obligada a llevar una pollera oscura, el amor está manchado.

Ese mismo juego nos revela también la lectura que Roberto Villanueva hace de “Las Sacrificadas”. Podemos ver como el padre de Nébel (Jean Pierre Reguerraz) alega no querer mancharse los pies y las patas por un matrimonio con una familia “sin honor”, cuando al mismo tiempo el padre tiene zapatos oscuros, donde las paredes son blancas, las asientos son blancos, los traje son blancos. El padre tiene zapatos marrones, vemos sus pies manchados, donde todo es puro, donde todo es claro.

El escenario que gira en cada cambio de escena volviéndonos a mostrar lugares ya dejados, momentos ya pasados, pero no olvidados, nos recuerda a los espectadores aquello que ese amor sacrificado pasó, todo lo que esos personajes no pueden olvidar. Todo lo que hace que ese amor pueda vivir sólo en los recuerdos de Lida y de Nébel, recuerdos que tendrán que ser escondidos en un rincón, para poder seguir viviendo. Lidia y Nébel tienen que mirarse a los ojos para reconocer que todo se ha terminado.

Ahora bien, por otro lado, ver actores tratando de “adaptarse” a la rigidez de un texto de los años 20 es una experiencia desorientadora. Los actores, encerrados en la estructura textual que parecería inalterable, no sólo hacen que las palabras sean duras, sino que sus movimientos también lo sean. Al no poder moverse con fluidez, como si estuviesen atados a sí mismos, reproducen poco contacto entre los personajes y generan distancia con el público.

Lix

11/6/2004

www.solesdigital.com.ar

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