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El jardín de los cerezos

La posibilidad de traducir a Chejov en imágenes

Autor: Antón Chejov. Versión: Laura Caime y Hugo Alvarez. Puesta en escena y Dirección General: Hugo Alvarez. Duracion: 100 minutos.

En el “CorrientesAzul” Hugo Álvarez hace una reconstrucción de la poética chejoviana a partir de imágenes de fines del siglo pasado, imágenes que no se borrarán fácilmente de nuestra memoria.

La sala se llena de oscuridad, un momento previo donde nos preparan para un viaje; el tiempo retrocedió, nos trasladaron, Firs desciende lentamente por las escaleras sin más iluminación que un pequeño farol que lleva en las manos. Anuncia la llegada del tren. Podría confesar que en ese momento pude ver una bruma físicamente ausente. Inicio de un viaje mágico e inesperado a otro tiempo, el de Chejov. Poco a poco nosotros también estamos esperando ansiosamente a los pasajeros.

Chejov buscaba a través de sus obras, representar la vida en Rusia, como ya lo había hecho en obras anteriores, como “Las tres hermanas”, sus personajes conseguirán escapar a su destino alejándose de la casa en la que viven, desprendiéndose de sus ataduras pasadas. Todos ellos viven en soledad, llenos de dolor y de incomprensión, con sus deseos frustrados.

“El jardín de los cerezos” es la última obra del dramaturgo, en la que encontramos rasgos simbolistas. Narra la vida de una familia noble que se fue endeudando lentamente, para poder sostener la vida a la que estaban acostumbrados, sin trabajar, hasta el punto en que lo pierden todo, solo por atarse al pasado. Una clase que no da cuentas de que las cosas ya no son las mismas, que Rusia ha cambiado, que de hecho lo hace ante sus ojos, pero no quieren adaptarse al cambio o simplemente no lo pueden hacer. Lo vemos claramente en Leonid Andréievich, quien se comporta en muchos momentos como un niño, siendo una adulto de aproximadamente 50 años.

Con una abrumadora realización escenográfica y de vestuario la puesta de Álvarez amplia minimamente los rasgos simbolistas, como el movimiento de elementos escenográficos o sonidos extraños que no son comprendidos por los personajes. En los espacios se manifiesta el ocaso de la nobleza, a medida que avanza la representación nos enfrentaremos a grandes fotografías del pasado, los utensilios, los colores, los vestidos, todo huele a la Rusia chejoviana, todo representa tanto la belleza como la decadencia de la sociedad en general. Podemos pensar la casa como metáfora de ese país en el que se hallaban.

La familia de Liubov Andréievna vive en una casa que ya no le pertenece, en una casa que aunque llena de recuerdos y de nostalgia esconde un pasado que los persigue; y que lentamente esta desapareciendo, hasta el momento en que deberán dejarla en manos de una nueva clase emergente, deben dar lugar a la creciente modernización.

El tratamiento espacial que tiene la puesta de Hugo Alvaréz da gran importancia a esto, por un lado logran absorber al espectador dentro de los diferentes espacios, los personajes nos la harán descubrir a través de la obra, nos harán participes de sus recuerdos, lograremos sentirnos dentro de la casa, o caminando en el frondoso jardín de cerezos, como si estuviésemos en medio de un sueño.

No sucede lo mismo con las actuaciones de las quedamos fuera, que no consiguen la misma magia ni la misma profundidad. Nos cuesta entender sus saltos emotivos, es muy difícil encontrar la coherencia en sus acciones, en sus emociones generando que las actuaciones se tornen incomprensibles y poco orgánicas. Todo esto hace que las imágenes generadas hablan por si mismas, mostrándonos algo que no está. Nada de eso forma parte de Rusia, sin embargo la experimentamos.

Lix

25/02/2005

www.solesdigital.com.ar

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