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El Farmer

Yo soy el relato

 

 

Por Javier Cardenal Taján
xabi10xabi@gmail.com

Basada en la novela de Andrés Rivera. Dirección: Pompeyo Audivert, Rodrigo de la Serna y Andrés Mangone. Interpretes: Pompeyo Audivert y Rodrigo de la Serna. Música original y en escena: Claudio Peña (cello).
Funciones: Miércoles a sábados a las 20hs. Domingos a las 19hs. Localidades: Platea $140. Los miércoles: $70. Duración: 90 minutos.
Centro Cultural San Martín. Sarmiento 1551. Informes: 4374-1251/9 (2284)

Un soliloquio bien puede entenderse como un recurso teatral. Visto asiduamente arriba de un escenario se caracteriza por tener una fuerte carga subjetiva y permitirnos acceder a los pensamientos más recónditos de un personaje. Se trata de un concepto asociado al monólogo -tal vez sea Hamlet el poseedor del soliloquió más célebre. Pero acudiendo a la carga negativa del término, este da cuenta del discurso sostenido por una persona que no permite que otros intervengan. Cabe mencionar que en el ámbito de la psiquiatría, el término se refiere a las reflexiones que psicóticos esquizofrénicos realizan en voz alta y a solas, a manera de diálogo consigo mismos. Nótese lo frecuente que es que en novelas o films que retratan institutos para enfermos mentales, aparezca un Napoleón que deambula por los patios o pasillos. Esto tal vez inspirado en la megalomanía que desarrollan algunos líderes populares. Muchos también han entendido, confundido o querido confundir, usted elija, al populismo con una suerte de soliloquio.

Y en nuestra historia, muchos también decretan que la época de Juan Manuel Ortiz de Rosas no fue otra cosa que la primera de una larga serie de dictaduras que asolaron nuestra nación. Condimentos no faltaron: persecución a todo cuadro opositor, censura a la prensa o cualquier tipo de expresión intelectual contraria a sus ideales, matanzas a cargo de sus huestes parapoliciales, y el beneplácito y las retribuciones mutuas de la mayor potencia mundial de aquel entonces, el Reino Unido de Gran Bretaña. No por nada su declarada anglofilia.

El Farmer, obra basada en la novela homónima de Andrés Rivera, adaptada y dirigida por sus mismos intérpretes: Pompeyo Audivert y Rodrigo de la Serna, junto a Andrés Mangone; pone en escena las últimas horas de Rosas. Así, el exgobernador bonaerense (1829-32 y 1835-52) transcurre sus días en el condado rural de Swathling, a unos cinco kilómetros de la portuaria ciudad de Southampton que el oriundo de Monte tuviera que abandonar tras doce años como consecuencia de su magra economía personal.

Instalado en su farm o chacra, un Rosas de 83 años intenta reproducir la escenografía pampeana y su rutina. Lleva una vida austera. Trabaja la tierra. Cuida de su perra y se provee de los animales de granja. Toma mate, desconoce el idioma inglés y da rienda a sus más íntimos sentimientos. Y es en la piel de Audivert que se nos presenta este Rosas. El Rosas acabado que deambula asistido por un sable que usa como bastón -tal vez el sable que le legara el General José de San Martín. Infortunado por la cuantiosa fortuna que supo amasar para sí, y para quienes lo rodeaban, se le comprime el corazón al recordar que apenas unas pocas libras pudo llevar consigo a Inglaterra mientras se desvive mendigando a quienes lo supieron venerar o renegando de quienes lo traicionaron, cosa que incluye a su hija Manuela.

Meditabundo y gastado, recubre los crudos inviernos del norte con sus disquisiciones político-morales, sus desgracias y no pierde minuto para reprochar a las repúblicas de la América del Sud sus ingratitudes o recordar sus días de gloria y dominación sobre el Plata. Entre sus recuerdos asoman, como un acto reflejo, las figuras de Domingo Faustino Sarmiento, Juan Lavalle, Justo José de Urquiza y hasta la de Camila O'Gorman, a quien condenó a muerte junto al sacerdote Ladislao Gutiérrez con quien se había escapado y del cual dicen que estaba embarazada. Mención aparte para Sarmiento, a quien recuerda con el rencor y la admiración que sólo puede generar el más alto de los enemigos y a quien pone a su misma altura intelectual en otro afiebrado rapto de grandeza. Sus cavilaciones parecen no detenerse mientras espera la muerte. La renuencia o traición del General Ángel Pacheco. Su huída y pedido de asilo en la casa de Robert Gore, encargado de negocios de Su Majestad Británica tras Caseros, para desde allí emprender el exilio, se suceden en la voz decrépita de un Audivert descollante.

 

Podemos entonces preguntarnos qué fue Rosas, qué significó para nuestra patria, o quién fue verdaderamente Rosas. ¿Fue el hijo tímido y azotado por su madre o el tirano que arrasaba con todo a su paso? ¿Fue el hábil jinete que no encontraba mayor placer que pasar rato con la gauchada y saborear un buen trozo de carne asada bajo el cielo de la pampa húmeda o el hombre de negocios y administración del Estado? ¿Fue aquel de Obligado y que San Martín elogió por “la firmeza con que ha sostenido el honor de la República contra las injustas pretensiones de los Extranjeros que trataban de humillarla” y legó su sable libertador, o aquel que siempre dio trato preferencial a los ingleses o que durante años ofreció las Islas Malvinas a la Baring Brothers como forma de pago de un empréstito contraído por la Confederación Argentina con dicha firma? ¿Fue el hombre de carne y hueso tal vez movilizado por el resentimiento o aquel que escritores convirtieron en personaje de folletín, género que, como dijera Antonio Gramsci, refleja el encuentro entre el pueblo y el intelectual y da surgimiento a lo nacional popular?

Todas preguntas difíciles de responder. Sabemos que nada quiso saber con el Reino de España, impuso el voceo y la españolísima ‘z’ de su apellido original –Rozas- mutó a la más gauchesca ‘s’. Y guay con quien osara llamarlo Rozas, cosa que podía pagarse con el encierro o incluso la vida.

Algo que también nos atrevemos a decir es que Rosas era en sí mismo un grandísimo actor. Sus actos, escritos y posturas dan cuenta de que se desenvolvía para impresionar. Tal vez por ello hagan falta tres años de preparación y dos actores del calibre de Audivert y De la Serna para dar vida a las dos vidas de quien todo lo tuvo para luego no tener más que su exilio, sus memorias en papel y un puñado de amigos, confidentes y/o aduladores imaginarios como el Primer ministro británico Lord Palmerston.

Así, la figura de Rosas se escinde y el juego teatral pone en diálogo al Rosas moribundo y que por momentos destila fuego de sus retinas con el Rosas pleno y mítico y en cuya mano cabían las voluntades de un pueblo. Este último le corresponde a De la Serna que desplegando la fuerte impronta declamatoria y física que lo caracteriza, no sólo encarna al caudillo viril y en plenitud, sino el inconsciente del anciano líder. Un inconsciente que se materializa en el costado burlón, cínico y desmedido de un poderoso dictador soñado que daría lo que no tiene por volver a ser quien fue. El que da cátedra de moral, política, administración de la cosa pública y estrategia militar. El hombre de pueblo y para el pueblo. El dictador que no precisa espejo en el cual verse reflejado si es su más profunda convicción de que el pueblo es el fiel reflejo de su imagen. El que entiende el progreso y el triunfo como algo alejado de las concepciones elitistas de la cultura y que se mofa de Sarmiento, ese que “cree que hace el bien y que iguala a ricos y pobres con un guardapolvo blanco”. El gobernador de músculos de acero y nervios templados que con desprecio hace notar la incomprensión de quienes lo rodearon y rodean pero que también asume que la vida se le escurre entre las manos y en el mísero destierro.    
 
La sociedad es una ficción sostenida por una serie de ficciones. Por ello, las ideas son apenas las ropas vistosas que se les pone a los sentimientos y a los instintos, siendo las costumbres mayor indicador del carácter de un pueblo que las ideas. Y como un puñal de bayoneta, El Farmer ataca la consciencia argentina y de los argentinos. Nos recuerda que “la política es otro de los nombres de la deslealtad” y los diversos relatos de la creación de aquello que llamamos ‘lo argentino’. Se incrusta en una consciencia que muchos encuentran dividida y pone en tela de juicio la historia de una nación que surgió al calor de personalismos y revueltas que desataron cimbronazos que aún laten en nuestra tierra y dictan el tambaleo, las idas y vueltas, de un pueblo que aún destila la rabia de la reyerta y busca erguirse y desandar rumbo a paso firme.

 

22/3/2016

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