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Enrique IV

La locura y sus realidades

 

 

Por Javier Cardenal Taján
xabi10xabi@gmail.com

Autor: Luigi Pirandello (1867-1936). Elenco: Alfredo Alcón, Elena Tasisto, Osvaldo Bonet, Horacio Peña, Roberto Castro, Analía Couceyro, Lautaro Vilo, Pablo Caramelo, Javier Rodríguez, Pablo Messiez y Francisco Civit. Director: Rubén Szuchmacher. Duración: 90 minutos. Sala Casacuberta del Teatro San Martín (Av. Corrientes 1530) Funciones: miércoles a domingos a las 20 hs. Platea $12 (miércoles $6).

La teatralidad revive al máximo en los textos de Luigi Pirandello (Premio Nobel de Literatura 1934). Y que mejor que a esto sumarle una soberbia y descollante actuación de un Alfredo Alcón que, a los 75 años, no se cansa de transitar las tablas, regalando magia por doquier, y reafirmar que es uno de los actores más depurados que el teatro hispano parlante posee, un actor clásico con todas las letras, nacido para la dramaturgia y no quizás para ciertos formatos televisivos que aparentan volar más bajo que sus dotes y que han convocado, esporádicamente, a Alcón en los últimos tiempos.

En el mundo audiovisual se suele decir que uno no ve lo que ve, sino que ve lo que sabe, sin embargo en esta fascinante obra del siciliano Luigi Pirandello, el espectador ya no sabe hasta que punto es real lo que se sabe, cual es la realidad, o más intrigante aún, quién es aquel o aquello que la conforma y cual es el límite de esta con la ficción. Así como el lector habrá quedado confundido con estas últimas líneas, aferrémonos, por un instante, a la idea de que lo que uno sabe es al menos parte de lo que uno es (o se reconoce ser).

El primer eje que vislumbra la obra es la relatividad de la verdad, todo es relativo nada parecería ser cierto diría un celebre científico alemán. La locura podría ser otro de los temas centrales, esa locura ¿o cordura? de nuestro héroe, el Rey Enrique IV, por preferir vivir una irrealidad que lo despoje de la vida exterior, esa que transcurre en un mundo, aparentemente real, pero incierto.

Esa locura proveedora de satisfacciones que la realidad no otorga, es a la cual se aferra el personaje de Alfredo Alcón, un aristócrata del siglo XX que durante una cabalgata de carnaval y disfrazado de Enrique IV de Germania, emperador del Sacro Imperio Romano (1050-1106), cae de su caballo y recibe un golpe que lo enloqueció y dejó mimetizado en el rol de Enrique IV acarreando el conflicto que este emperador tuvo con el papa Gregorio VII, quien en 1077 lo había excomulgado. Así es que vive el personaje de Alcón durante los últimos 20 años, flagelado por las miserias y angustias que el papa le ha hecho sufrir, paranoico y quejumbroso, viviendo una comedia y rodeado de consejeros y vasallos que no son más que actores que fingen y construyen ese mundo para su “demente” majestad. Por tanto, todos visten las prendas de la época y recrean, en la escenografía, la mismísima corte del rey. Tal vez el autor se inclinó por este personaje dado su gran conocimiento de las tierras sajonas y sus dinastías. En el año 1891 fue doctorado en filología en la Universidad de Bonn.
La obra continua y un buen día un grupo de nobles, amigos del protagonista, se presentan en la mansión impulsados por el sobrino ficticio de Alcón, el marqués de Nolli, a fin de revertir tamaña situación. Para ellos cuentan con la compañía de un siquiatra que intentará poner delante de los ojos del delirante el mismísimo paso del tiempo con tal de substraerlo de esa burbuja que vive y poner su antigua vida a disposición de su memoria nuevamente.

Alguna vez, Pirandello expresó que la vida es una triste pieza de bufonería, dado que cada uno de nosotros tenemos, y sin saber bien el porqué, la necesidad de auto-engañarnos constantemente mediante la creación de una realidad, distinta para cada uno de nosotros y nunca la misma para todos. Y a partir de esto es que se da vuelta la historia, una vuelta de tuerca que nos deslumbra con la genialidad que sólo Pirandello poseía.

Entre humoradas y grandilocuencias, es que surge una historia oculta que conlleva el ímpetu de la tragedia, una antigua historia de amor anacrónica, un accidente que no fue tan casual. La obra es arrasada por la melancolía y cuestionamientos que hacen al misterio de la vida ¿qué es la verdad? ¿qué es la ficción? hasta llevarnos a un final trágico y negro. La soledad embriaga la escena y una vez más comprobamos que solos vinimos y solos nos vamos de este mundo. Un mundo en donde vivir el día a día es inventarse cada mañana, es como dice Alcón en unas de sus líneas: “Hay que hacer la realidad real, para que esta no sea una burla” Y la burla de la vida es saber que estamos en un mundo de locos, aunque creamos que los únicos de tal especie están bajo llaves.

Gran puesta del director Rubén Szuchmacher, que saca provecho de todos los elementos de este juego reflexivo que es el teatro. Fundamental es el vestuario, pensado hasta el más mínimo detalle con el fin de contrastar las distintas épocas mediante una gama de colores fuertes y destellantes asociados al glamour de la década de 1920 y los pálidos grises y blancos de la corte imperial, como así también la escenografía móvil. Ha de destacarse también los roles de Elena Tasisto como la marquesa Matilde Espina y Horacio Peña, el Barón Tito Belcredi, en su afán de erigirse como la antípoda de Enrique IV.

Pirandello: el subconsciente y las multiples personalidades

Un factor contribuyente a esta obra que junto con Seis personajes en busca de autor (1921) son las más importantes, fueron sus vastas lecturas de tratados y ensayos acerca de la personalidad del subconsciente. Pirandello escribió temas de psicología tiempo antes del surgimiento del padre del psicoanálisis, Sigmund Freud –del cual Pirandello se encarga de ridiculizar en la obra por medio del personaje de siquiatra que lleva Roberto Castro-. Sin embargo la acentuación definitiva en la exploración inagotable de la errática, cambiante y nunca descifrable personalidad humana a lo largo de sus obras dramáticas se deba a esa brusca alteración de personalidad que sufriese su esposa, Antonieta, al desarrollar una paranoia persecutoria y unos celos, demenciales y ultralimitados, por su marido, rayano con lo peligroso, que la dejaron postrada en un sanatorio mental durante 40 años hasta su muerte en 1959.

21/9/2005

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