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Especial Florencio Molina Campos (Parte 2)

Un puente entre dos mundos

Florencio Molina Campos

Por Cecilia Grolero
cegrolero@hotmail.com

Si bien lo más difundido e importante de la obra de Florencio Molina Campos surge a partir de 1926, cuando realizó su primera exposición de trabajos en el Galpón Central de la Sociedad Rural Argentina, su reconocimiento en todo el Río de la Plata fue a partir de 1931 cuando sus trabajos comenzaron a publicarse en el Almanaque Alpargatas.

La orgullosa Argentina había descubierto el siglo XX con la crisis del treinta y este artista convivía con una sociedad europeizada, totalmente importada, donde el sentimiento nacional y el contexto propio ”provocaron la repulsión de una elite que quería esconder lo que no quería ser(1) , una elite de la pintura que se centraba en sólo cuatro cuadras de la calle Florida.

Pero Molina Campos asume los valores que son justamente “la antítesis de la consagración de las elites(2). No sólo busca provocar un sentimiento de pertenencia nacional casi extinguido, sino que logra un reconocimiento desde la campaña hacia la metrópoli. Hay un desplazamiento desde la periferia hacia el centro.

Por estos años la iconografía de la región (principalmente Argentina y Uruguay) se caracteriza de una mezcla de lenguajes pictóricos “cultos” y lenguajes gráficos populares; una combinación entre lenguajes “europeos” y lenguajes que expresan la realidad rioplatense. En ese contexto la obra de Molina Campos propone una gráfica que “reivindica elementos identitarios regionales desmitificando el tono épico y lírico con que la pintura “culta” representaba una figura humana universal, haciéndola portadora de la utopía humanística europea(3).

Entre el campo y la ciudad

Florencio Molina Campos

Con un estilo y una magia que pocos representantes del hombre de nuestro interior han logrado, Molina Campos interviene como mediador de dos realidades histórica y culturalmente separadas: el campo y la ciudad.

“Don Florencio” se convierte en portavoz de un sentir popular marginado por la “City” porteña. Convoca a comprender el mundo del hombre de la llanura, hay una invitación a conocer a fondo la solitaria y a la vez pintoresca vida de los gauchos de nuestras tierras.

Su arte nace en las provincias del interior y se consagra paulatinamente en la sociedad del asfalto. Su estilo y su lenguaje popular se fortalecen justamente con el medio de difusión que lo comunica: el almanaque.

En una época donde el “único contexto posible era el provisto por las imágenes de importación...” (4), la caricatura se introduce como un puente que comunica el sentir y el vivir de los trabajadores rurales a toda una sociedad urbana que muchas veces vivió de espaldas a los humildes pobladores del interior. El artista “plasma imágenes con las que se identifica la población rural del país (y que por ello fueron atesoradas) y que carecían de significación para una élite capaz de valorar únicamente lo foráneo(5).

La particularidad del almanaque y ese humor con el que se mueven los protagonistas de sus obras, llegaron a cada una de los hogares argentinos de un modo masivo. Si bien como anteriormente explicamos en ciertos casos se necesita conocer el “código rural”, los trabajos de Molina Campos lograron ingresar a las casas de todos los argentinos. La obra pictórica que representa al símbolo nacional argentino se traslada del medio artístico restringido a la calle Florida, a las cocinas, talleres mecánicos y bares de las calles porteñas.

Lo interesante es que ese acercamiento que se genera gracias al humor, se detiene justo antes de que ese humor se convierta en burla.

Si bien el juego paródico existe, Molina Campos nos presenta a sus personajes con humor pero sin soberbia, sin motivos para deshumanizarlos. Esto puede relacionarse con una necesidad urgente del autor de acercar el mundo urbano desinteresado de sus raíces y el mundo de los trabajadores rurales víctimas del eterno centralismo porteño.

Dice Joshua B. Powers en un juicio sobre Molina Campos, que cuesta comprender como los humildes pobladores de nuestros campos se divierten con sus dibujos que tan bien los caricaturizan, y lo atribuye a que el paisano se siente como si fuera uno de ellos mismos el que lo pintara, conociendo su habilidad campera, simpatizando con sus existencias, la austeridad de sus costumbres, sus goces simples, sus mismas fallas(6).

Molina Campos se identifica con sus paisanos a través de un lente que acentúa y exagera los rasgos y las expresiones. El artista argentino percibe lo que es peculiar y lo destaca. Hay una hilaridad afectuosa, autor y personajes se intercambian, se reflejan, se observa una risa saludable como si entre ellos y el pintor se cambiaran “chanzas” mutuamente, como suelen hacerlo los hombres de campo, con esa la malicia socarrona que les es tan propia.

A diferencia de algunos autores extranjeros que vieron al gaucho como algo exótico que estudiar, los de “Don Florencio” están vistos por alguien que se identifica con ellos y los invita a reír juntos.

Esa proximidad y complicidad que se observa entre el personaje y su creador, también se puede apreciar entre el mismo personaje y el espectador. Son reiteradas las obras en las que se observa al protagonista mirando de frente, como posando para una fotografía que el espectador le está por tomar, un recurso característico en este artista.

En la mayoría de los casos son los paisanos los que permanecen parados, mirando a la “cámara” con una quietud casi artificial. Un ejemplo es la obra “Sudiadanoj!” donde esa foto parece guardar un momento especial en la vida de los rudos hombres de campo. Aquí hay un corte, el marco que delimita el espacio de la pintura finaliza abruptamente, cortando la imagen de uno de los paisanos. Esto nos muestra la intención del artista de reflejar una realidad que existe y a la que él sólo le toma una fotografía. Ese pueblo, esa escuela donde los paisanos fueron a votar no nace en la obra, no es imaginación del autor, sino que existe en un lugar llamado Argentina. La escena que allí se describe no finaliza con ese marco que lo delimita, sino que continúa en un espacio y tiempo que corre paralelamente, como en el almanaque, donde los meses y los días cumplen un eterno retorno.

Cada uno de los personajes está representado con el mínimo detalle, al recorrer detenidamente las curtidas manos de estos trabajadores se descubren las credenciales que los convierten en orgullosos “Sudiadanoj”.

Es importante destacar como su autor enfatiza nuevamente en el reconocimiento de los gauchos, en la valoración de su persona. Ellos también ejercen la democracia, ellos también deciden el porvenir de una sociedad que muchas veces los deja de lado.

Muchos posan en la puerta del rancho que les pertenece o hacen alarde de sus habilidades ecuestres. A otros el “ojo cámara” del espectador los encuentra en medio de las adversidades a las que se enfrentan diariamente en su lucha constante por sobrevivir a la natural y solitaria Pampa.

Están también los que festejan con el espectador, como el caso de “Viva yo... y el que me fía!” donde el gaucho se dirige en primera persona e invita a brindar por el simple y magnifico hecho de vivir.

12/5/2008

Ver Parte 1 - Ver Parte 3

Notas:

1) Op. Cit., Rollie, Roberto y Moneta, Raúl, pág. 9.

2) Ibíd. pàg 9.

3) Peluffo, Gabriel. Realismo Social en el arte uruguayo, 1930-1950. Museo Juan Manuel Blanes, Ed.Trilce, Montevideo, 1992, pág. 23.

4) Op.Cit., Rollie, Roberto y Moneta, Raúl, pàg. 9.

5) Ibíd.pág. 9.

6) Campo, Estanislao del, Vitón, Alfredo. Fausto, Impresiones del Gaucho Anastasio el Pollo en la representación de esta obra. Ed. Guillermo Kraft, Buenos Aires, 1942.

Ilustraciones pertenencientes al catálogo de la Fundación Florencio Molina Campos: www.molinacampos.org

www.solesdigital.com.ar 

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