Libros

NovedadesArchivo

El lado B de las canciones de Sandro

Feria del Libro de Frankfurt
 
Alí Bey: Un precursor de Mansilla
Ali BeyMansilla
 

 

Por Mariano García
@solesdigital

La crónica de viajes ha sido desde siempre un género apasionante que conjuga aventuras y paisajes lejanos con motivos científicos, políticos y personales. Se trate de los antiguos relatos de Marco Polo o de los actuales documentales de la National Geographic, el centro de interés de estos relatos es el encuentro del viajero con lo exótico, lo desconocido. En términos antropológicos, con el Otro.

En nuestro país, dos autores se distinguen como fundadores del género: Domingo F. Sarmiento y Lucio V. Mansilla. Destacados exponentes de una elite que pensó al país como satélite de los grandes imperios económicos y culturales que eran Inglaterra y Francia, ambos escritores enfrentaron desde perspectivas diferentes el “problema” de los habitantes indómitos que no encajaban con el proyecto modernizador argentino: el indio y el gaucho. Pero más allá de las diferencias en los programas políticos de cada uno –la “línea dura” de Sarmiento terminó por imponerse a las ideas de Mansilla, más integradoras–, el iluminismo europeo se aprecia como una matriz común en la postura ante el Otro (gauchos e indios) que ambos sostuvieron como intelectuales y políticos.

Un claro ejemplo de la profunda influencia orientalista sobre la intelectualidad argentina son los viajes de Sarmiento por Argelia, que datan del año 1847. En Orán, el 2 de enero de ese año, escribió a Juan Thompson una carta que formó parte de la colección publicada en Santiago de Chile, en 1849, bajo el título de "Viajes en Europa, Africa y América", en la Imprenta de Julio Belín y Cía (editado en Argentina simplemente como “Viajes”). De acuerdo con Pablo Tornielli, “En esta epístola africana, da muestras el autor de haber sido ganado por el más crudo de los orientalismos: la mezcla de horror y admiración, la representación de aquello que ve como exótico, pintoresco, a veces brutal y el ensayo de explicaciones generalizadoras y estereotípicas así lo revelan. El escrito es interesantísimo para analizar la visión y representación de lo árabe por ojos americanos a través de la intermediación del orientalismo europeo, pues, como se sincera el cronista, «nuestro Oriente es la Europa, y si alguna luz brilla más allá, nuestros ojos no están preparados para recibirla, sino al través del prisma europeo»”

Si a lo largo del siglo XIX Europa se reencontró con el mundo musulmán a través de sus campañas imperialistas en África y Asia, las élites argentinas la emularon en su encuentro con “el otro” que habitaba su misma tierra. El “prisma europeo” del que habla Sarmiento para comprender a Oriente, se hizo extensivo para conocer a los indígenas que habitaban del desierto argentino.

Alí Bey, ¿un modelo para Mansilla?

La deuda de Sarmiento con el pensamiento europeo queda explicitada por él mismo en la cita anterior. No sucede lo mismo con Mansilla, que puede citar a Platón, a Goethe o al Corán con la misma naturalidad. O equiparar la retórica de los ranqueles con la de Molière. En su faceta de dandy y viajero, se propone unir los extremos de la civilización y la barbarie, hacer que en su condición de hombre de mundo covergan los opuestos. La de Mansilla es una figura original para estas tierras de dualidades irreconciliables, tanto en los aspectos biográficos como literarios. Pero la influencia orientalista no es tan fácil de eludir. Casi treinta años antes que naciera Mansilla, un singular viajero catalán ya era famoso en las cortes y gobiernos europeos por sus ambiciosos planes (muchos de ellos disparatados), y años después sus diarios de viaje fueron unánimemente celebrados. Se trata de Domingo Badía Leblich, conocido también como Alí Bey, su impostora identidad musulmana.

Alí Bey puede ser considerado un pionero en un estilo de crónicas de viajes decimonónicas que en la Argentina tuvo a Lucio V. Mansilla como gran exponente. Entre los libros “Viajes por Marruecos” de Alí Bey, y “Una excursión a los indios ranqueles” de Mansilla, se pueden encontrar muchas e interesantes analogías, que incluso exceden lo retórico y lo textual para extenderse hacia los contextos históricos y políticos de la época en que cada uno escribió, además de interesantes coincidencias biográficas.

Erudito, aventurero, espía al servicio de España y de Francia, viajero deslumbrado por el mundo musulmán, Domingo Badía fue un personaje fascinante de la Europa del siglo XIX. En el año 1803, luego de trabajar arduamente en idear una conspiración lo suficientemente creíble para que las monarquías españolas y francesas la subvencionen, Badía realizó su famosa expedición a Marruecos. Desde entonces, todos los estudiosos del Magreb lo reconocen como un pionero y una referencia obligada para los estudios de la cultura beréber y la geografía marroquí. El fracaso político de su expedición lo llevó hacia Oriente, por el norte de África. Cuatro años más tarde, gracias al perfeccionamiento de su doble identidad como musulmán, pudo realizar la procesión a la Ciudad Santa –y prohibida para los cristianos– de La Meca. De esa exitosa empresa proviene la primera descripción detallada que tuvo Occidente sobre la ciudad donde nació el Islam.

Este espíritu inquieto y cosmopolita fue retomado por Mansilla de este lado del mundo. Entre sus contemporáneos, fue uno de los argentinos que acumuló más experiencia internacional. A los 17 años visitó la India, y fue el primer argentino que llegó a escalar ciertas alturas del Himalaya. Después, retomó los pasos de Alí Bey al navegar por el Mar Rojo y visitar Egipto y Turquía, para luego seguir por casi todos los países de Europa. Las actividades a las que se dedicaron ambos viajeros coinciden casi una a una: militares, políticos, diplomáticos, escritores. Estos son los primeros indicios que llevan a pensar la obra de Alí Bey como un posible modelo para la escritura de Mansilla. Sobre todo si se considera que para la época en que Mansilla estuvo en Europa, los “Viajes por Marruecos” llevaban varias ediciones y eran un auténtico best-seller.

Huellas de estilo

Resulta imposible no ver en “Una excursión...” huellas claras del estilo y orden del diario de Alí Bey. Los escritos del aventurero catalán se publicaron numerados, sin título, y cada capítulo comienza con un sumario del contenido, siempre resumido en breves oraciones. Para ejemplificar esta analogía, basta con leer el comienzo de ambos libros:

1.
Llegada a Tánger. Interrogatorio. Presentación al gobernador. Instalación de Alí Bey en su casa. Preparativos para ir a la mezquita. Fiesta del nacimiento del Profeta. Morabito. Visita al Kadí. Despedida de su introductor.
(Alí Bey)

I Dedicatoria. Aspiraciones de un tourist. Los gustos con el tiempo. Por qué se pelea un padre con un hijo. Quiénes son los ranqueles. Un tratado internacional con los indios. Teoría de los extremos. Dónde están las fronteras de Córdoba y campos entre los ríos Cuarto y Quinto. De dónde parte el camino del cuero.
(Mansilla)

La figura de un expedicionario que narra sus aventuras por carta a un amigo fue la elegida por Mansilla para dar forma a sus crónicas de viaje, que fueron escritas a su regreso a Buenos Aires en forma de folletín. Si bien uno escribe un diario, y otro en forma de cartas, los paralelismos entre Alí Bey y Mansilla exceden el detalle estilístico citado anteriormente. Veamos algunas otros.

Tanto Alí Bey como Mansilla parten de la oposición entre civilización y barbarie. Mansilla desarrolla sus particulares ideas en modo fragmentado, e incluso irónico. Ya en el primer capítulo de su libro, hace una mención velada, al hablar de la felicidad que se encuentra en los extremos. Más adelante, continúa rescatando aspectos de la cultura indígena, para concluir que la salvación de la humanidad resultará de la unión de los extremos de la barbarie y la civilización (unión tutelada por los civilizados, claro está).

Por su parte, Alí Bey se vale de este binomio para dar comienzo a sus “Viajes...”. Al contar su paso por el Estrecho de Gibraltar, partiendo desde Tarifa y con llegada a Tánger, el viajero reflexiona: “La sensación que experimenta el hombre que por primera vez hace esta corta travesía no puede compararse sino al efecto de un sueño. Al pasar en tan breve espacio de tiempo a un mundo absolutamente nuevo y sin la más remota semejanza con el que acaba de dejar, se halla realmente como transportado a otro planeta. En todas las naciones del mundo los habitantes de los países limítrofes, más o menos unidos por relaciones recíprocas, en cierto modo amalgaman y confunden sus lenguas, usos y costumbres, de suerte que se pasa de unos a otros por gradaciones casi insensibles; pero esta ley de la naturaleza no existe para los habitantes de las dos orillas del Estrecho de Gibraltar, los cuales, no obstante su vecindad, son tan extraños unos de otros como lo será un francés de un chino (...) Aquí el observador toca en una misma mañana las dos extremidades de la cadena de la civilización, y en la pequeña distancia de dos leguas y dos tercios, que es la más corta entre ambas orillas, encuentra la diferencia de veinte siglos

Tan drástica separación parece ser opuesta a las sutiles opiniones de Mansilla, que suele relativizar esta oposición, e incluso ponderar valores de la llamada barbarie. Pero en ambos casos, esta distancia entre los extremos es zanjada por el acercamiento que, cada uno en su particular manera, realiza hacia el mundo del Otro.

Si su separación entre lo civilizado y lo bárbaro es la más tajante entre las dos analizadas, la solución de Badía para entrar al mundo más allá de la frontera es, consecuentemente, la más extrema. A medio camino entre agente secreto y genuino converso, Domingo Badía adopta una nueva personalidad, cuyo nombre completo fue Alí Bey El Abassí. El alter ego del extravagante español fue la de un supuesto descendiente del Profeta Muhhammad, un príncipe proveniente de una aristocrática familia siria establecida en Damasco.

Ante la imposibilidad de conjugar en su persona los extremos de la “cadena de la civilización” que menciona –habilidad más propia del carácter de Mansilla–, Badía desdobla su personalidad. “Nuestro aventurero y explorador tiene, como el Jano bifronte, dos aspectos completamente distintos: Domingo Badía es uno de ellos, Alí Bey el Abassy, otro. Si el hombre nacido en Barcelona pudo aparentar ser un descendiente del profeta, fue porque, efectivamente, una parte de él, pensaba en términos de cultura islámica. Alí Bey llevó su papel mucho más allá de lo que le exigía la importancia de la misión encargada por Godoy. Predicó el Islam en tierras musulmanas sin que nadie se lo pidiera. Cuando el cirujano le circuncidó en Londres, una parte de él murió también. Pero cuando murió a pocas jornadas de Damasco, la cruz que llevaba colgada al pecho era el último recuerdo de la personalidad de Domingo Badía.”

El acercamiento de Mansilla a los ranqueles fue más distanciado, en principio porque nunca ocultó su verdadera identidad. Pero no por eso deja de demostrar cierta voluntad para integrarse a la cultura indígena, en parte muy parecida a la de Badía: “Ya era mirado como un indio –escribe Mansilla–. Numerosas visitas llegaban a saludarme. El viento de Lebucó me era favorable” . O más claramente, cuando cuenta las reacciones de los ranqueles al verlo vestir un poncho que le había regalado el mismísimo cacique Mariano Rosas:

–¡Ese coronel Mansilla toro! –exclamaron algunos.
–¡Ese coronel Mansilla gaucho! –otros.
Muchos me dieron la mano y otros me abrazaron y hasta me besaron con sus bocas hediondas.
Epumer me dijo repetidas veces:
–Mansilla peñi! (hermano).

La comprensión del Otro caracteriza a ambos autores en un importante aspecto en común, que es la función mediadora que desempeñan. El lenguaje es una dimensión fundamental para llevar a cabo con éxito dicha mediación. No es casual, por lo tanto, que Alí Bey y Mansilla se hayan destacado como intérpretes y dedicasen parte de su obra a formular breves diccionarios de la lengua extranjera con la que se encontraron.

En su intento por sistematizar algunos de los principales vocablos de la lengua beréber (idioma autóctono de los habitantes del desierto marroquí) Alí Bey confeccionó una lista de 126 entradas, de una enorme importancia ya que se trata de una de las más antiguas que existen sobre esa lengua. Al compararla con otras listas de autores posteriores, el editor de sus obras afirma que “desde el punto de vista lingüístico, la lista de Alí Bey resulta más valiosa y sus transcripciones mucho más exactas, así como superior la calidad del material aportado.”

En esta tarea de recuperar fragmentariamente las lenguas autóctonas, se adivina una vez más a Mansilla tras las huellas que Alí Bey dejó en el desierto norafricano. El escritor argentino hace lo propio con el idioma ranquel, variedad de la lengua mapuche. La labor de Mansilla no es tan sistemática como la de Badía. Pero algunas características que comparte con la lista del español, sobre todo la explicación del sistema numérico, son un argumento más que abona la idea de que Mansilla debió tomar como referencia a los “Viajes...” al momento de escribir sus crónicas.

Si la hipótesis aún no resulta convincente, las comparaciones que hace Mansilla entre el mundo indígena y el árabe deberían despejar toda duda. Con metáforas e ingeniosas referencias a la cultura islámica, Mansilla deja entrever que la imagen que él tiene de su propia expedición se asemeja a un viaje por el desierto musulmán como los que supo realizar Alí Bey. Algunas de esas alusiones son concluyentes:

“Camilo es como un árabe, habla poco; sabe que la palabra es plata y el silencio oro.”

“Habíamos llegado a un campo que, quebrándose en médanos bastante escarpados, semejaba el paisaje a las soledades del desierto de Arabia.”

“No es tan fácil como se cree llegar hasta hacerle un salam-alek a Mariano Rosas.”

“No me moría de calor, de cansancio, de tanto gritar, porque Alá es grande y nos sostiene y nos da energía física y moral cuando habemos menester de ella, ¡tal es de bueno!”

Fracaso político

Para redondear esta serie de parentescos entre las obras de Badía y Mansilla, falta comparar los motivos políticos de ambas expediciones. Porque si bien hay diferencias entre el cronista argentino y el español (el primero tiene claras motivaciones literarias y hasta paródicas, el segundo lo mueven prioridades de tipo científicas y religiosas); la condición política de los respectivos viajes es manifiesta.

El caso de Badía es único por la inviabilidad e incoherencia del proyecto que presentó a Manuel Godoy –conocido como el “Príncipe de la Paz”– ministro favorito primero y luego sucesor de Carlos IV. Más increíble aún es que los planes de espionaje de Badía fueran aprobados y financiados por el gobernante.

Producto de una imaginación que ha sido catalogada como esquizofrénica y mitómana (de ahí las exageraciones que abundan en el texto), el emprendimiento de Badía consistió en adoptar una personalidad árabe, cruzarse a Marruecos y tender allí los hilos de una conspiración para derrocar al sultán e implantar en territorio africano una suerte de monarquía constitucional que respondiera a los designios españoles. “El Diablo” (como lo llamaron algunos de sus apologistas contemporáneos) albergó el sueño quimérico de asumir el reinado marroquí mediante un golpe de Estado; para ello afirmaba contar con 3.000 combatientes. En tiempos en que la Corona española se debilitaba en sus colonias americanas, Badía se creyó una especie de Hernán Cortés en territorio islámico: “O me da Muley el cetro buenamente para la organización y reforma del Imperio, o yo me lo tomo... Creo que dije que tengo un Montezuma entre las uñas y lo repito, los Guardias de Palacio me hacen los honores” . Godoy comentaba a sus íntimos todas estas proezas que, obviamente eran meras exageraciones. Creyó las hiperbólicas afirmaciones de su enviado, pero nunca hasta el punto de enviar tropas a Marruecos para apoyar a unos rebeldes con los que Alí Bey jamás contactó.

Como bien comenta Salvador Barberá Fraguas, “Badía no pudo conspirar ni en sueños con las tribus insumisas de Marruecos, ya que su periplo se desarrolló sólo por las regiones sujetas al Majzin o gobierno central. El ‘objetivo político’ del viaje no pasó de un señuelo utilizado por él con el fin de obtener apoyo y financiación para su proyecto de exploración científica, su empeño en convertirse en un nuevo Mungo Park, y la conjura no existió ni en la fase preliminar de propuestas cuchicheadas, sabedor como era de la imposibilidad de iniciar la menor gestión al respecto.”

La inviabilidad política de su proyecto, y la consecuente falta de apoyo militar necesario para concretarlo, provocó la accidentada salida de Alí Bey de tierras marroquíes. El domingo 13 de octubre de 1805, lo que él suponía debía ser una despedida con todos los honores, terminó en una virtual expulsión. El sultán Sidi Mohamed Salaui, bajá de la ciudad de Oujda, no solo no fue a despedirlo, sino que mandó a sus soldados a detener a la comitiva de Alí Bey y obligarlo a embarcar solo en un simple bote. Por las vueltas del destino, quien había llegado pensándose como un ingenioso conspirador, terminó su aventura sufriendo una emboscada. Así relata el viajero su salida del reino: “Entonces vi claramente la mala fe del sultán y del bajá, quienes hasta el último instante habían ordenado se me hiciesen los mayores honores por las tropas y pueblo, mientras meditaban el golpe que debía herirme profundamente, pues miraba yo con tanto interés la suerte de las personas que me eran afectas, como la mía propia. Embarquéme en la chalupa, despedazado el corazón por los gritos de algunas personas de mi comitiva, desoladas por esa separación.”

Mucho mas realista, la iniciativa de Mansilla de adentrarse por su cuenta en territorios dominados por los también irreductibles indios ranqueles no deja de tener alguna resonancia de la expedición magrebí de su antecesor. Ambos dicen representar a gobiernos de países que se encuentran en proceso de redefinir sus fronteras (España la de sus colonias, Argentina la de su propio territorio), ambos van al encuentro con esos vecinos problemáticos, y ambos proponen soluciones inusuales. Mansilla optó por la vía diplomática, más verosímil que las fantásticas conspiraciones que afiebraban la mente de Badía. Finalmente, y a pesar de las diferencias en cuanto a métodos, ambos fracasaron –aunque la despedida de Mansilla fue menos accidentada–.

A su regreso a Buenos Aires, Mansilla vio como sus intentos conciliadores había sido en vano. La Generación del ’80 adoptaría la vía del exterminio para solucionar el problema fronterizo. Ante la derrota de su minoritaria posición integracionista, lo único que pudo hacer fue expresar sus ideas publicando “Una excursión...”. En vistas de la poca suerte política que Mansilla tuvo en cuento al “problema indio”, no resulta demasiado arriesgado pensar que a la hora de escribir sus “cartas”, el bohemio porteño eligiera como modelo a otro viajero políticamente frustrado, como lo fue Alí Bey.

Noviembre de 2003

Notas relacionadas:

"Un mundo desaparecido", de Chris Lowney.

"Extraño Oriente", de Ziauddin Sardar

"Buscando desesperadamente el paraíso", de Ziauddin Sardar

"Islam y Occidente" (AA.VV)

"El libro de la sabiduría de Oriente", de Gilbert Sinoué

www.solesdigital.com.ar

Lo más visto de Libros
Pierre Bourdieu: Los herederos Los años de Alfonsín Arte y Cultura Popular