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Red Hot Chili Peppers – The Geataway

Cada vez menos picantes

 

 

Por Julián Melone
julianyelotro@gmail.com

Sello: Warner Bros Records. Género: Rock Alternativo, Pop, Electrónica, downtempo. Temas: 13. Año: 2016. Integrantes: Anthony kiedis  (Voces), Josh Klinghoffer (Guitarras, coros y bajo en “The Hunter”), Michael “Flea” Balzary (Bajo y coros), Chad smith (Batería y percusión.)

A dos décadas de lo que fue su época de mayor éxito y creatividad (entre “Blood Sugar Sex Magik” de 1991 y “Californication” de 1999), se hace difícil escuchar el nuevo disco de los Red Hot Chili Peppers, “The Getaway”, un disco que probablemente agrade a las nuevas generaciones de escuchas, pero no pareciera poder legarles ningún nuevo clásico ni estar a la altura de la historia de la banda.

A partir de “By The Way” (2002) los RHCP comenzaron a transitar un camino más radial y pop que antaño, dejando paulatinamente la conducción de la banda en manos de Kiedis y Frusciante. A partir de entonces comenzaron lentamente a perder el picante que los caracterizaba (aunque todavía podían regalar clásicos como Can’t Stop o Dani California y joyitas como Don’t Forget Me o Readymade); y al marcharse Frusciante fue Kiedis quien quedó a cargo. No resulta extraño que debido a esta erosión del espíritu de la banda, tanto Chad Smith (en Chickenfoot y con sus Bombastic Meatbats) como Flea (en Atoms For Peace, Antemasque y Rocketjuice and the Moon entre otros) se hayan diversificado para cubrir su cuota de inquietudes artísticas.

“The Getaway” puede interpretarse como el resultado definitivo de dicha historia: lo más presente es la voz de Anthony Kiedis, que es por lejos el punto más bajo de los RHCP en este momento. La llegada del guitarrista Josh Klinghoffer en el innecesariamente bastardeado “I’m With You” (2011) parecía prometer una progresiva reorganización de los roles de la banda (con canciones como Ethiopía, Goodbay Horray y Police Station) cosa que, evidentemente, nunca ocurrió.

Kiedis lucha por afinar e interpretar en baladas que están muy por encima de sus posibilidades (en The Hunter vive al borde de la desafinación), con una performance sumamente monótona, repitiendo melodías, desganado y sin energía. Nadie dice que Anthony haya sido alguna vez un gran cantante, pero solía compensar sus fallas técnicas con una energía inigualable que ya no posee: a cambio tenemos una interpretación más “delicada”, pero que con los mismos oídos bien puede calificarse de sosa. Entonces, ¿Por qué cargar el álbum sobre la debilidad más notoria de la banda? Es una decisión artística sumamente controversial (en el mal sentido), en especial teniendo en cuenta que la banda cuenta con una de las mejores duplas bajo-batería del rock en actividad, que junto a Klinghoffer han logrado un sonido compacto y firme. Y es gracias a él que hay buenos momentos vocales, ya que la voz de Kiedis solo fluye cuando los coros de Josh lo acompañan, quien parece haber traído influencias de su proyecto paralelo Dot Hacker.

En términos conceptuales, el disco es distinto a todo lo que habían hecho hasta el momento. Es el intento de ingresar a un mundo más cercano al beat electrónico, más bailable y radial. La nueva idea de este tipo de canciones no es mala y resulta atrevida, pero no termina de quedar claro si la ausencia de su característico groove funk (otra decisión controversial: llevar a Chad Smith a casi ser reemplazado por una pista electrónica) es un intento de renovación al que hay que dar tiempo o si simplemente no pudieron caer bien parados con la empresa que intentan llevar a cabo.  Es así como la canción que abre y da nombre al disco tanto como el corte de difusión, Dark Necessities (¿la base de bajo les suena parecida a Can’t Stop?), resultan muy light y difícilmente puedan ser catalogadas como rock; también sucede con Go Robot, que parece un Factory of Faith sin intensidad (¡y aún así de las canciones más entretenidas!) gracias a un buen trabajo sonoro de guitarras apoyada en una base disco de bajo.

La trifecta Chad-Flea-Josh suena firme y cuanto más espacio tienen para expresarse mejor le hace a “The Getaway”. Basta escuchar Dreams of a Samurai, la mejor canción del disco, que si bien tarda un poco en empezar deja que la banda desarrolle intrincados tiempos y sonidos extraños dando a lugar el único momento verdaderamente intenso de la placa, con un gran final cortesía de Chad Smith.

Y es que la falta de energía es lo que más lastima a “The Getaway”. Padece el mismo mal que comenzó a afectarlos en “Stadium Arcadium” (2006): cuando las canciones piden explotar (por lo general cerca del estribillo) es cuando la banda más afloja y suaviza. Puede ser considerado tanto un recurso moderno como una mala decisión, ya que las canciones dejan siempre sabores agridulces. El ejemplo más grotesco es en This Ticonderoga (donde Anthony Kiedis pareciera estar cantando sin escuchar lo que pasa a su alrededor) con una estrofa violenta y un puente in crescendo que desemboca en un estribillo somnoliento con arreglos de violines, donde la banda parece haberse ido repentinamente a la cama. Lo mismo sucede en We Turn Red, con una estrofa ruidosa, funky y oscura que promete mucho (con uno de los pocos rapeos del disco) para terminar en un estribillo propio de una balada acústica. En cambio en Detroit (el otro tema intenso del disco y quizás el que más se acerca a la vieja escuela) logran un estribillo explosivo y justamente por eso es uno de los tracks destacables y probablemente uno de los pocos que pueda perpetrarse en el gusto colectivo de su núcleo de fanáticos.

Tampoco para decir que todo tiempo pasado fue mejor. Por ejemplo, Sick Love (que posee el indiscutible sello de la “nueva etapa” de los Red Hot) es la canción radial mejor lograda: apelando al minimalismo y a un ritmo que roza el reggae y el pop, es de agradables melodías e instrumentación impecable y compacta, cerrando el trío de canciones que realmente valen la pena del álbum. Feasting of Flowers intenta retomar este concepto pero no lo logra, y más allá del intermedio que compone el solo, resulta monótona y descartable. Y The Longest wave (con una intro gemela a la de Goodbye Angels) suena a aquellas abúlicas baladas que nos dejó “By The Way” que parecían haberse corregido en “Stadium Arcadium”, donde vemos que nuevamente la canción está por encima de las capacidades vocales de Kiedis.

El orden de las canciones y el inexplicable motivo por el cual Dark Necessities haya sido elegido como corte de difusión no colaboran a hacerse amigo de la placa, la cual necesita más de una escucha para poder aceptarla. Si bien “The Getaway” suena más sólido y se los nota más comodos que en “I’m With You”, también suena muy procesado y menos sincero; y no parece (a priori) responder a inquietudes artísticas sino a una falsa comodidad de jugar a lo seguro. Los Peppers no están hechos para el mundo del downtempo y las baladas.  Un disco que puede ser catalogado de dos maneras: la compilación definitiva de algunas de las peores decisiones tomadas a partir de “By The Way” o el inicio de una nueva etapa que, esperemos, verá este disco como un torpe primer paso.


20/7/2016

www.solesdigital.com.ar

 

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