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De muertes, idolatrías, santidades y cegueras

Por Germán A. Serain

"Le vine a pedir trabajo; yo creo que me lo puede cumplir", manifestó una mujer vestida con una remera stampada con la cara de Rodrigo, frente al santuario ubicado a la vera de la autopista Buenos Aires - La Plata, al cumplirse tres meses de la muerte del cantante.

Maradona y RodrigoDe vez en cuando muere un obispo. Muy de vez en cuando, al parecer (y acaso sea por gracia divina); tanto que el saber popular ha acuñado la expresión "cada muerte de obispo", para hacer referencia a cosas que suceden de manera esporádica. De vez en cuando llega a su fin la vida de un actor famoso. Cada tanto ocurre lo propio con algún escritor conocido. Algunas veces fallece un deportista, y otras tantas algún político. Los personajes públicos fallecen, al fin y al cabo, lo mismo que cualquier otro mortal. Pero al tratarse de un personaje público, la muerte llega como noticia a las páginas de los diarios, a las pantallas de televisión. Lo mismo puede ocurrir cuando el muerto es un perfecto desconocido, siempre que su muerte se vea afectada por un perfil violento o matices suficientemente escabrosos. Cuestiones propias de la definición misma de "noticia". O acaso tenga que ver con ese "contrato de lectura" que establecen los medios de comunicación, del cual suelen hablar los estudiosos del tema.

De vez en cuando muere algún ídolo. Incluso a veces un par de adolescentes fanatizadas deciden quitarse la vida, inútilmente, a causa de ese ídolo que ya no está. Y consiguen de este modo sus propios quince minutos de fama, tras haber cruzado el umbral que separa la vida de la muerte, casi como un apéndice de la popularidad del personaje que las convoca desde el más allá. En todo caso, y ya a cierta distancia, espanta imaginar el vacío que debe haber en la vida de una persona para que se justifique semejante sacrificio. Podrá decirse —y será verdad, sin duda— que los adolescentes son propensos al suicidio, acaso por no haber tomado conciencia aún del verdadero valor de la vida. La muerte asusta mucho menos cuando se tiene por delante tiempo de sobra (esto es ilusorio: el tiempo de que disponemos nunca es suficiente, aunque cuando se es joven un par de décadas puedan parecer una eternidad). Pero una cosa es morir a causa de un ideal, y otra muy distinta ser cordero en las aras del marketing.

Más allá de lo anterior, llama la atención el hecho de que a veces la sociedad en su conjunto decida ponerse de duelo. Masas de gente movilizadas a partir de la muerte de una persona. Y personas que en su vida difícilmente se hubiesen interesado en determinado personaje, se reconocen "angustiadas" a causa de la noticia de su trágico fallecimiento. Es como si la muerte de un personaje público, y cuanto más popular mejor, nos colocara delante de la idea de nuestra propia mortalidad con un impacto inusual. Por supuesto, con el aliciente de la nunca desinteresada ayuda de los medios de comunicación, que inevitablemente han de regocijarse ante al acaecimiento de cualquier evento de naturaleza trágica, que asegure la venta de cientos y miles de ejemplares y subas en las mediciones de audiencia.

Sin embargo, también cabe meditar acerca de la contracara de estos duelos colectivos. Contracara que para el caso hemos de reconocer en la indiferencia. Pues tan cierto como que de vez en cuando muere un personaje público, es que a cada instante, en cualquier lugar del mundo, mueren cientos de seres anónimos. Mueren de muerte natural, de desnutrición, de muerte violenta, y también de desesperanza, de mero abandono... La verdad es que ahí nomás, al alcance de la mano y la mirada de todos aquellos que con sinceridad se espantaron ante la evidencia de la mortalidad reflejada en la desaparición trágica de un cantante de moda, o el suicidio de un cirujano famoso, se tejen tantas historias no menos dramáticas. Apenas, eso sí, menos populares. Historias que también desearían ser contadas, de cientos y cientos de muertos condenados por muchos factores, entre los cuales no puede dejar de contarse nuestra indiferencia. Muertos de verdad y muertos en vida, que pasean sin esperanza su triste condición ante nuestros ojos que miran sin ver, sin reparar en ellos. Acaso será porque no aparecen en televisión, dado que no constituyen un buen negocio para nadie. Acaso sea más fácil negar la muerte de un chico con hambre que la muerte de un cantante exitoso.

Entonces es cierto que ni siquiera en la muerte somos iguales... Tan cierto como que vivimos en una sociedad enferma, capaz de ver sólo lo que nos muestra la pantalla del televisor. Y todos participamos —en menor o mayor medida— de la orgía general, como una gigantesca claqué que llora cuando así se lo indican y ríe a carcajadas cuando se lo ordenan. Pero tanto nuestra risa como nuestra compasión son falsas, puesto que no resultan legítimamente nuestras. Son apenas, entre tantos otros, productos derivados del gigantesco Show Bussiness imperante, lo mismo que la justicia, la ética o el tan mentado "sentido común". Al mismo tiempo, todo resulta vanamente fugaz. Pues por encima de todo, ya se sabe: el show debe continuar.

Y finalmente, tan patético como la absurda muerte de esas pobres chicas que acabaron con sus vidas intentando seguir el destino de su ídolo, resulta aterrador pensar en la facilidad con que hoy puede canonizarse a cualquier personaje. Por algún motivo, la muerte parece enaltecer a sus víctimas. No será ésta la primera vez que se señale la fortuna o el acierto de quienes, de no haber muerto tan oportunamente, no hubiesen alcanzado la particular y magnífica mácula que finalmente les ha adjudicado el imaginario colectivo. Pero lo cierto es que del mismo modo en que hoy canonizamos a nuestros ídolos, con esa misma facilidad es como martirizamos a nuestros inocentes. Y a los verdaderos santos, sin duda alguna, en caso de que aún existan sobre la faz de este planeta. Afortunadamente, por el mismo hecho de ser ellos santos, es que a pesar de todo aún podemos esperar con cierta justicia ser merecedores de su perdón.

Revista Soles - Nº 71
Noviembre de 2000

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