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Paradojas del éxito

Por Mori Ponsowy

Fracasados que triunfan después de muertos; triunfadores que se suicidan; locos exitosos y famosos que enloquecen. Desde Sócrates hasta Marilyn, el camino al éxito también se escribe torcido.

Exito: Del latín, “exire”, salir. Pero, ¿no es siempre peligroso salir de la seguridad de nuestra morada? Es así: disfrazado para tentar, codiciado monstruo de mil cabezas, el éxito es Satán en medio del desierto. Fama, riqueza, poder. ¿Cuántos son capaces de resistir la tentación? Mas una vez probado el fruto, el desenlace es impredecible. De hecho, el verdadero significado de la palabra es neutro, sin connotaciones positivas, ni negativas. De ahí que se pueda hablar, sin incurrir en contradicción, del mal éxito de una empresa, del éxito infausto de una decisión. Si los designios de Dios son inescrutables, los del éxito parecen serlo aún más. Basten algunos ejemplos, para demostrarlo.

Paul Gauguin

En Nueva York, el 8 de mayo último se subastó “Le toit bleu”, un cuadro poco importante dentro del conjunto de su obra, con un precio base de 8 millones de dólares. Picasso, Munch, Ensor lo reconocieron como a un maestro. Y, sin embargo, al igual que van Gogh, Kafka, y tantos otros, murió sin haber recibido jamás el reconocimiento que merecía.

Mientras se limitó a imitar a los impresionistas de moda, fue aceptado en los mejores salones; pero en cuanto se alejó de la norma, los críticos fueron inmesericordes. El prefirió la honestidad artística a la fama. “Yo me doy por vencido por los acontecimientos, los hombres, la familia; mas no por la opinión. Me río de ésta y no necesito admiradores. Y en cuanto a hacer pintura comercial, aunque sea impresionista, me niego. En el fondo de mí mismo presiento unas cualidades más elevadas.

Desilusionado por sus coterráneos y convencido de que Europa se pudría a los ojos de todos, decidió pasar el resto de su vida en Oceanía, trabajando la tierra y viviendo sólo con lo indispensable. “Me voy dentro de un tiempo a Tahití, una pequeña isla en la que la vida material se resuelve sin dinero. Allí quiero olvidar todo lo malo del pasado y morir ignorado por todos los de aquí, libre de pintar sin gloria alguna para los demás.”

En Tahití no encontró la paz que esperaba. “Enfermo y obligado a buscar un trozo de pan haciendo algunos trabajos poco intelectuales, ya no pinto, salvo los domingos y días de fiesta.” Vencido por la miseria, sin haber logrado vender ni un solo cuadro en los últimos años, una noche de 1897 se internó en la selva con la decisión de suicidarse y ser devorado por las hormigas. Tampoco esto le salió bien: los vómitos que le produjo el arsénico le salvaron la vida.

Murió en 1903, pobre, solo y desdichado. Seguramente se sorprendería al enterarse de que hoy su obra es parte de la iconografía contemporánea. Almanaques, gorros, tazas y ceniceros que reproducen los motivos que pintó en su casa de barro, se venden en las tiendas de los grandes museos del mundo. En su última colección de primavera, un famoso diseñador lanzó juegos de toallas, sábanas y cubrecamas basados en los paisajes tahitianos de Gauguin.

Más allá de la ironía, es la vida de un hombre que renunció al éxito fácil y decidió, en cambio, ser fiel a su visión artística. Lo cual no le impidió morir amargado. Y es que desdeñar la gloria con palabras es sencillo; otra cosa es lograr que el corazón de verdad la ignore. "No existe más gloria que aquella de la que se tiene conciencia, qué importa el que los demás la conozcan y la proclamen. La verdadera satisfacción está en uno mismo y, en este momento, me doy asco". (Paul Gauguin, en una carta a Monfreid, agosto 1898)

Marilyn Monroe

Exito. ¿Quién no desea alcanzarlo? Pero, ¿qué es el éxito, realmente? ¿Ganar la admiración de nuestros semejantes, ser adorado por multitudes que al día siguiente pueden trocar su amor en la más cruel animadversión? ¿O acaso será el éxito algo inefable, distinto para cada quien, frágil y efímero como la vida misma?

Con frecuencia se esgrime a Marilyn Monroe como ejemplo de alguien que luchó contra durísimos obstáculos hasta lograr lo que quería. De padre desconocido, e hija de una mujer pobre con serios problemas psicológicos, Marilyn pasó su infancia de orfanato en orfanato. Se casó a los dieciseis años y, a los dieciocho, mientras trabajaba en una fábrica aeronáutica, fue casualmente fotografiada para una campaña publicitaria sobre la contribución de las mujeres al esfuerzo bélico. Corría el año 1944. Sorprendido por el encanto de la joven, el periodista volvió unos días después para hacerle más fotos. Ella nunca dejó de asombrarse por la fascinación que ejercía sobre los demás: “Cuando era niña, nadie me dijo que era bonita. A todas las niñas les deberían decir que son bonitas, incluso si no lo son.

Un año más tarde, había aparecido en la carátula de unas 30 revistas y había empezado su carrera como actriz. Pero Marilyn estaba decidida a ser más que una cara y un cuerpo hermoso. “Quiero dejar de hacer papeles sexy. Estoy cansada de que me conozcan sólo por mi figura.” Empezó a estudiar actuación y regresó a Hollywood para protagonizar largometrajes más complejos e exigentes. Con una lucidez inusual en ese medio, a menudo criticaba mordazmente la misma industria cinematográfica que la convirtió en estrella: "Hollywood es un lugar donde te pagan mil dólares por un beso y cincuenta centavos por tu alma”.

A medida que su fama crecía, sus depresiones se hacían más frecuentes y severas. Cambiaba de ánimo abrupta e impredeciblemente. El éxito no lograba calmar el dolor y el vacío que llevaba en el alma. "Si eres famoso, puedes leer en los diarios las opiniones de los demás acerca de ti. Pero lo que importa es lo que tú sientas por ti—sólo eso te permite sobrevivir y seguir adelante cada día con lo que venga.”

Lo que ella sentía no le permitió seguir. De nada le sirvió ganar, en 1962, el “Premio a la estrella más popular” otorgado por el Golden Globe. La noche del 4 de agosto del mismo año se preparó un cocktail de barbitúricos que resultó mortal. La hallaron muerta en su cama con la mano en el teléfono. Y los detectives no supieron a quién iba a llamar."Ahí arriba estaba mi nombre escrito con luces y yo me dije, «Dios mío, alguien se ha equivocado». Pero la marquesina seguía ahí, con luces brillantes. Entonces yo me senté, y me dije, «Recuerda, no eres una estrella». Y, sin embargo, ahí arriba estaba mi nombre, escrito con luces". (Marilyn Monroe)

Galileo Galilei

A principios de 1633, Galileo Galilei es conducido a Roma encadenado para hacer frente al tribunal de la Santa Inquisición. Los cargos en su contra: sostener y enseñar doctrinas contrarias a las de las Escrituras, a saber, que la Tierra no era el centro del Universo, sino que giraba alegremente alrededor del Sol.

Sus discípulos y seguidores, reunidos en el estudio del maestro, confían en que no se retracte. Sólo su hija, sor Virginia, tiene el corazón cerrado como un puño: ella no sabe de ciencia, no necesita un universo nuevo; necesita a su viejo padre, vivo.

La abjuración estaba pautada para las cinco de la tarde. En caso de que Galileo abjurara de la doctrina de la Tierra móvil, las campanas de la catedral lo proclamarían a los cuatro vientos. Y así lo hicieron y Galileo, en vez de a la hoguera, fue condenado a cárcel formal. Meses después, recibió permiso para pasar el resto de su vida bajo arresto domiciliario. Viejo y derrotado, se dedicó a trabajar un huerto en las afueras de la ciudad. Temprano en la mañana podaba los olivos e injertaba vides. Por las tardes, siguiendo las órdenes de la Iglesia de abandonar la defensa de la teoría copernicana, escribía sobre física.

A los ojos de todos, un fracasado, un cobarde. Pero no fue por cobardía que abjuró, sino por su profunda fe cristiana. Hubiera podido negarse a comparecer ante la inquisición en Roma y refugiarse en Venecia que le ofrecía asilo seguro y todos los honores imaginables. Pero a Galileo no le bastaba con que sus teorías hubieran sido aceptadas por científicos de toda Europa: en un acto que puede ser interpretado como de profunda fe o de pedantería intelectual, Galileo insistía en que sus teorías recibieran la aprobación formal de la Iglesia. Se salió con las suyas, pero sólo trescientos cincuenta años después, cuando Juan Pablo II retiró los cargos de herejía que aún gravaban en su contra. "Yo, Galileo, hijo del que fue Vicenzo, de 70 años de edad, constituido personalmente en juicio y arrodillado ante vosotros… ante mis ojos los Sacrosantos Evangelios, los cuales toco con mis propias manos, juro que siempre he creído, creo ahora y, con la ayuda de Dios, creeré en el futuro, todo lo que mantiene, predica y enseña la Santa, Católica y Apostólica Iglesia…" (Bertolt Brecht: Vida de Galileo)

Fausto

A principios del siglo XVI vivió en Alemania un habilísimo astrólogo a quien una selecta clientela de seglares y clérigos consultaba y remuneraba espléndidamente. Se decía de él que era capaz de remontarse por los aires, de evocar ante un auditorio boquiabierto a las figuras vivas de los poetas homéricos, de profetizar el futuro e, incluso, de viajar en segundos desde las profundidades del infierno hasta las estrellas más lejanas.

Dominaba la medicina, las matemáticas y la astronomía de su tiempo. Pero cuanto había adquirido mediante el estudio y el esfuerzo no le bastaba: Fausto anhelaba entender aquello que ni los libros, ni la fe, ni la experiencia le podían enseñar. Tal como Adán y Eva en el Paraíso frente al árbol prohibido, tal como el hombre hoy frente a la noche estrellada o frente al misterio de la vida, Fausto ambicionaba romper los límites que su humanidad le imponía y ser como Dios, conocedor del bien y del mal, capaz de obrar prodigios sobre la tierra. Se decía de él que para ello hizo un pacto con el demonio: poder terreno a cambio de su alma; su futura dicha eterna a cambio de la felicidad efímera aquí en la tierra.

La leyenda de Fausto está presente con ligeras variantes en todas las culturas. Es la personificación del hombre que no se contenta con lo que Dios le ha dado, que ambiciona siempre más aquí en la tierra y persigue el éxito a toda costa. Fausto son casi todos en Occidente hoy: constantemente necesitados de acción y de placeres, nunca en reposo, conquistadores de la naturaleza, con la bandera en la luna, capaces de crear vida a través de alteraciones génicas, eternamente insatisfechos.

Fausto firmó con sangre el pacto y, desde ese día, lo tuvo todo: lujo, juventud, mujeres, conocimiento, poder. No había fuerza terrenal capaz de oponérsele. Pero, al igual que a Marilyn, a Nixon o a Maradona, el éxito no le trajo felicidad. ¿De qué sirve enseñorearse del mundo y sus secretos, dominar la naturaleza, si en el proceso es a sí mismo a quien se pierde?

No en vano perdió el hombre el Paraíso como consecuencia del pecado original: quien no tiene bastante con lo que Dios le ha dado, quien pretenda acceder al conocimiento y al poder, debe renunciar a la felicidad que poseen aquellos que nada ambicionan, que nada temen y a quienes éxito y fracaso les son del todo indiferentes. Aquí en la tierra, sólo los animales y los niños habitan el Paraíso. "Sin cuidado me tiene el allá arriba. En reduciendo tú a escombros este mundo, que el otro surja luego en hora buena. De esta tierra es de donde manan mis goces, y este sol el que mis dolores alumbra; luego que yo los deje a ambos, que pase lo que pasar quiera y pueda".(Goethe: Fausto).

Revista Soles - Nº 85
Marzo de 2002

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