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Roberto Arlt: El laberinto de la crisis

Por Eduardo Wolfson


Roberto ArltCon sus fantasmas se mezclaba en las calles de la ciudad, las caminaba y se aliaba a los desarraigados, a los filósofos de café, a las prostitutas angelicales, a los otros solitarios. Cuando escribía liberaba a sus fantasmas y a los demás, otorgándoles jerarquía de personajes, devolviendo una pintura singular del hombre y la crisis, del hombre en la crisis, de la crisis del hombre.

País de las vacas gordas, granero del mundo, ilusión de estabilidad de una realidad social que se desmorona a partir de 1930. Robeto Arlt nació con el siglo y su aliento de vida se inundó con aquel Buenos Aires y su gente. El mismo describía este estado de ánimo en una crónica aparecida en el diario El Mundo, titulada "Vuelta al pago": “Vuelvo, robusto, descansado e ilustrado, a continuar la serie goyesca de mis aguafuertes, que abarcarán la humanidad indescriptible que se mueve en las calles de esta ciudad aparentemente geométrica, pero fundamentalmente tortuosa y endiablada y linda gaucha, esta ciudad se nos ha metido en el tuétano. Es como una de aquellas mujeres que, aunque las dejamos, en la distancia nos tienen tan agarrados, que hora por hora son nuestro recuerdo y nuestra ambrosía, salud y gloria de vivir”.

En Buenos Aires se aniquilan los sueños de seguridad y prosperidad de los sectores medios. Se polarizan las fuerzas, internacionalmente la revolución Rusa de 1917 y la crisis económica de los Estados Unidos de 1929 de alguna forma la determinan. La ciudad se convierte en la caja de resonancia de la lucha interimperialista donde Estados Unidos e Inglaterra se disputan la hegemonía comercial sobre la Argentina. Arlt capta una señal, aquella que se enfunda detrás de los rostros anónimos, de los comerciantes angustiados por su quiebra, de los empleados frente al drama de la desocupación, de las amas de casa convertidas en oficinistas o fabriqueras. Su intempestuosa personalidad no le sirvió para acallar un dolor hacia adentro, entonces expresó la crisis como un estilo de vida.

Los personajes de Roberto Arlt no son héroes de ninguna revolución, son sólo parte del sistema establecido aunque muchas veces sus acciones se encuentren fuera de su ley.

En una entrevista publicada en “Literatura Argentina” en 1929, a la pregunta “¿A qué público de hombres y mujeres se dirige?”, Arlt responde: “al que tenga mis problemas. Es decir, de que modo se puede vivir feliz, dentro o fuera de la ley”.

La felicidad es la contrapartida de la angustia existente, consiste en algo que tanto el autor como sus personajes no pueden alcanzar, aunque la búsqueda de ambos es incesante, en lo interno se desarrolla un laberinto crítico, en lo externo un horizonte sin certezas.

Arlt no fue un intelectual militante, su literatura doliente expresa frustraciones individuales que habitan en soledad un medio hostil y salvaje. Las acciones -tal vez influenciadas por el ambiente- tienen un camino solitario al margen de lo que sucede. Es una selva donde la realidad se transforma en un embudo que desemboca en el subconsciente del escritor, a través de él pasan los ladrones, los políticos, los vagos, las sirvientas y la gente honesta, “aquellas que no se atreven a robar”. En todos se puede descubrir una aspiración a la inocencia, una definición de felicidad propia que queda sin respuesta, como un corte en las raíces antes de absorber la vida.

Su mundo

Dice Conrado Nalé Roxlo, que “Arlt impresionaba como un caos en el que se estaban produciendo vertiginosos cataclismos, levantándose montañas, encrespándose mares”.

En este mundo de angustias que propone caminar indefinidamente por la línea del desequilibrio, Raúl Larra nos dice que “ se desplaza una incontenible alegría de vivir, un amor inmensurable por la vida, que le hace mirar con espanto a la muerte”.

El dolor hacia dentro está ligado a una inconsciencia llena de alegría. Arlt hurgaba en las calles y suburbios de Buenos Aires, buscaba sin límites a otra persona para compartir su angustia. Elías Castelnuovo cuenta cómo una madrugada, Arlt lo despierta tirando piedras en su ventana. Le cuenta que estuvo visitando los cafés del Bajo, en una mesa vio una mujer solitaria, sin hablar se entendieron y que, esta relación de silencio lo llevó a pensar que “en Buenos Aires hay mucha gente que no sabe qué hacer con su vida”.

Entonces él crearía una logia para darle un destino a todos ellos. Extrae de sus bolsillos un acta de fundación y sobre las lágrimas del relato se la hace firmar a Castelnuovo como primer integrante. Al día siguiente nada quedaría de la idea, ni del documento fundador, todo se esfumó en la vorágine.

El escritor por esta parte del mundo, por lo general, no ha conocido mecenas y menos aún si su temática está enraizada con los que sufren. Roberto Arlt atraviesa su corta existencia acompañado por legítima privaciones, ellas lo conducen a recorrer caminos de duda con respecto a su vocación, no sabía en realidad cuál era su destino, si de peón, de comerciante o de escritor. Peo él tenía un mensaje qué trasmitir, para ello necesitaba disponer de su tiempo, entonces crea negocios que en su fantasía lo harán millonario, busca sin desvelo capitalistas que aporten a sus proyectos, en cada puerta encuentra la negativa y otra vez la calle, la decepción.

Muchos de la galería de personajes de Arlt son inventores. Erdosain en “Los siete locos” sueña con instalar una tintorería para perros, el cañón de Silvio en “El juguete rabiosos”, la rosa de cobre y el proyecto de metalizar el puño de las camisas. Dice Raúl Larra: “Inventar es para Arlt condición divina, inventando, el hombre se asemeja a Dios. Inventa sueños y sueña inventos. Es singular esta paradoja. El sueño es lo abstracto, el invento es lo práctico”.

Pero los inventos de Arlt carecen de practicidad. Allí está el procedimiento para producir una media de mujer cuyo punto no se corra en la malla que patenta en enero de 1942 a escasos días de su muerte. En una carta que escribe a su hija Mirta, le dice: “Tendrán que usar mis medias o andar sin medias en invierno. No hay disyuntivas (...) “Describirte las pruebas y trabajos que ha efectuado hasta la fecha es escribbir una novela. Con decir que mediante pruebas y trabajos sucesivos he conseguido reemplazar una pierna de aluminio que costaba 100 pesos por una pierna de madera revestida de plomo cromado que cuesta 15. Es fantástico. He tenido que inventarlo todo todo, y sin trabajar ni hacer pruebas no era posible”.

Imaginar e inventar es un sentimiento que no se puede desterrar de los marginados, es el instante pasional donde la frustración no existe. Roberto Arlt no tuvo eco por parte de los capitalistas, pero sí se nuclearon en sus sueños otros postergados como él. Pascual Naccarati, un actor del Teatro del Pueblo se asocia a Arlt para sacar adelante su invento, era el apoyo logístico y buscador de créditos. En una pieza que alquilaron en Lanús instalaron el laboratorio, allí durante una experimentación se produce un incendio, el dueño de la casa un obrero cementista le dice al escritor: "Siga, siga nomás. Aunque se queme toda la casa, no se preocupe."

La cultura de los humildes

Durante muchos años el cultivo del arte y la literatura en nuestro país estuvo a cargo de sectores ociosos. Se jerarquizaba todo aquello que provenía del extranjero al mismo tiempo que se ejercitaba un marcado desprecio por lo nacional.

Serán los hijos de inmigrantes, aquellos que conocieron la vida de los conventillos y de los márgenes ensanchados de la ciudad, los que se convierten en constructores de una nueva temática en la literatura. Forjadores de una nueva cultura instalan en sus escritos a personajes cuya vida transcurre en los sectores sociales más bajos, son los parias, los desclasados.

Este grupo de noveles autores se nuclea formando el Grupo Boedo, tal vez sus apariciones eran distintas pero los unía la creencia en el pueblo y en su poder de elevación a través de la literatura. La polémica nace con otro grupo literario llamado Florida. Existe en ambos grupos hasta una división geográfica, los primeros representan a los suburbios, los segundos al centro. Boedo aspira a una literatura que sirva para la vida, al pueblo, mientras que Florida piensa en una cultura que tiene fines propios.

Roberto Arlt cultiva amistades en ambos grupos, pero se siente partícipe del Grupo Boedo y así lo dice: “de las nuevas tendencias que están agrupadas bajo el nombre de Florida, me interesan Villar, Bernárdez, Mallea, Mastronardi, Olivari y Pinetta. En el grupo llamado de Boedo encontramos a Castelnuovo, Mariani, Eandi, yo y Barletta”.

Arlt no participa en la polémica, pero sus simpatías por la causa del pueblo lo acercan al espíritu de Boedo. En sus aguafuertes que escribía para el diario “El Mundo” y que ayudaron al crecimiento de su venta, Arlt expone con claridad la ideología que lo había ganado, mientras que en su obra literaria jamás pudo superar las contradicciones de los sectores medios.

Las Aguafuertes Porteñas configuran una etapa de la ciudad, en ellas hay una profunda observación de los perfiles de lo cotidiano, pinceladas certeras que simbolizan una pintura social porteña de la década de ‘30 al ‘40. Arlt penetra psicológicamente en esos seres que deambulan, aferrados a las acciones que les tocó en suerte, por Buenos Aires, él les otorga el protagonismo y la comprensión por parte de los lectores. Con un gran sentido crítico muestra lo pintoresco y lo ridículo, con su humor mordaz se intercala en el realto, imponiendo su lucha por un mejoramiento social.

La libertad de prensa reinante entonces, le permite burlarse hasta el periodismo, le llegan a admitir un agafuerte sobre Lenín, pero cuando quiso describir la impiedad de quienes ejecutaron a Severino di Giovanni, su nota fue tachada. A partir de ese hecho el autor comprendió lo que es la censura y hasta dónde la empresa comercial lucra con todas las palabras. “Minga de café. Abstención completa. ¿Y qué le queda a usted? Reducirse al capuchino, que es una mezcla, por partes iguales, de leche y café, servida en una tacita de café. La tacita, para que usted se haga la ilusión de que se manda bodega una ración de achicoria, y para engañar la visión, como los cocainómanos que cuando no tienen con qué doparse, toman por la nariz ácido bórico o magnesia calcinada. El caso es hacerse la ilusión...”.

La indefensión de la crisis, la política criolla, las mujeres, los sitios donde se habita, las aglomeraciones deportivas, aquellos que están fuera de la ley no fueron olvidados por las aguafuertes, tampoco la censura: “Me escribe un lector: ¿Qué es lo que pasa que a veces sale el diario sin su nota? -Hombre, lo que pasa es muy sencillo: que el director ha mandado mi nota al canasto”.

El octavo paranoico

Así definían al autor de “Los siete locos”, alguno de los críticos contemporáneos de Arlt, tratando de ridiculizar su literatura. No se tomaron el trabajo, o escondían con este argumento la trastienda que dio origen a los personajes de su obra, ese Buenos Aires babélico, cuyos habitantes viven la confusión de la posguerra y la desorientación determinada por los prolegómenos de la crisis mundial de 1929.

Los hombres y las mujeres que pueblan sus novelas, habitantes de una pequeña burguesía empobrecida, rechazan el presente y la civilización, testimonian la prisión del hombre moderno. Son transeúntes en un cambio que ignoran, que no han elegido, por lo tanto no saben qué hacer con sus vidas.

El mismo Arlt dice que a sus personajes los liga más la desesperación que la pobreza material. Son seres vaciados de ideales y esperanzas, y esto no es producto de la febril imaginación del escritor, es la síntesis del sentimiento que anida en aquellos habitantes que la transformación urbana ha vuelto fronterizos. “Si fueran menos cobardes se suicidarían: si tuvieran un poco más de carácter, serían santos. En verdad buscan la luz. Pero la buscan completamente sumergidos en el barro. Y ensucian lo que tocan.”

Roberto Arlt novelista, es representante de la pequeña burguesía intelectual urbana, disconforme y crítico de su clase y al mismo tiempo profundamente individualista.

Las novelas configuran un poco su autobiografía, en sus obras de teatro prevalece su espíritu, ellas expresan la acción exagerada del cambio. No existe una exposición de ideas, es la farsa que se adueña del escenario y personajes caricaturizados hasta la deshumanización.

Para el teatro es una revelación, trata de no perder ninguna representación de sus obras. Se sienta en la última fila, observa a los espectadores, escucha sus comentarios, formula preguntas.

El fin de los sueños

Es noche de sábado. El escritor, el periodista, el inventor, se ligan al hombre y salen a caminar por su calle Corrientes, es el ritmo de las pisadas, el murmullo obligado que prenuncia la diversión. Camina hasta el Teatro del Pueblo, mientras saluda a amigos el inventor piensa: “mañana iré a Lanús y ordenaré el laboratorio”. El hombre goza por décima vez la representación de la obra de Gogol.

El periodista decide llegarse hasta el Círculo de la Prensa, todos se sorprenden, en la institución hay elecciones y él es la primera vez que asiste. El escritor camina junto a sus personajes y dialoga con ellos, esa última noche de sábado, el día siguiente es la despedida, fue en un julio invierno de 1942, llovía y el corazón de Roberto Arlt dejó de latir, tenía 42 años.

Revista Soles - Nº 71
Noviembre de 2000

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