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El aburrimiento de Dios


Por Mori Ponsowy
Ilustraciones: Alda Armagni

Más que Picasso, incomparablemente más variado que Miguel Angel, anterior a Eritreo de Alejandría, el artista más creativo de todos los tiempos, no cabe la menor duda, es Dios. ¿Quién si no Él ideó de la nada todo un universo de seres fantásticos que se aman, copulan, reproducen y matan entre ellos? ¿Quién sino Él inventó el mar y los cielos, el día y la noche, el bien y el mal?


I. El origen del mundo

Fórmulas para ser creativo sobran, manuales que se venden por Internet para incrementar la efectividad mental, el pensamiento lateral, las soluciones creativas en la empresa y en matrimonios al borde del colapso. Pero lo cierto -aunque a los autores de aquellos best-sellers jamás les convendrá decirlo- es que lo que Natura non da, Salamanca non presta, y que los espíritus verdaderamente creativos nunca necesitaron leer uno de esos aburridísimos e insípidos manuales de bolsillo para alcanzar la inspiración. Pregúntesele sino a Dios, el mayor de todos los creadores, de cuál de tantos manuales se valió para lograr su obra.

La genialidad nace, pero no se hace, aunque por supuesto algo se puede aprender, y siempre hay algunos trucos del oficio que le vienen bien al no avezado y que, por su parte, el creador innato conocerá intuitivamente. Una manera de enseñar a pintar con estilo cubista es analizar el origen del cubismo y la teoría que hay detrás de él. Pero lo cierto es que toda teoría nace después de los acontecimientos, y que ni Picasso, ni Copérnico, encontraron sus recetas en manuales, sino que las fabricaron solos, quizá para matar el aburrimiento de algunas tardes de invierno.

Lo mismo debe haberle pasado a Dios. Imagínese su aburrimiento después de millones de años de soledad en medio de un cosmos inmensamente silencioso y vacío. Ni siquiera una estrella en medio de la noche para distraerse. Ni siquiera un diablillo suelto aquí y allá que le diera algo de twist a sus serísimas cavilaciones. ¿Qué mejor solución al tedio, que el universo? ¿Qué mejor manera de entretenerse por el resto de sus infinitos días que crear un mundo en el cual las criaturas se dediquen no sólo a adivinar su propio origen, si no también a cantarle loas de alabanza, a El, su creador a quien desconocen pero a quien muchos dicen amar por sobre todas las cosas?

Tan creativo se puso Dios en esos seis primeros días que, por si fuera poco con cielos, mares, flora y fauna, decidió crear también a Satanás. “Yo creo la luz y las tinieblas, yo creo el bienestar y la calamidad. Yo, Jehová, soy quien hace todas esas cosas”. Isaías 45,7

Durante siglos se preguntaron los estudiosos cómo era posible que, siendo Dios infinitamente bueno, e infinitamente poderoso, pudiera existir el mal sobre la faz de la tierra. En la aburrida siesta que precedió a la Creación tenemos la respuesta: ¡Dios creó el mal para tener garantía de que nunca más volvería a aburrirse! ¿O acaso existen buenas películas o novelas exitosas en las que todo esté bien, en las que no haya un personaje malvado, en las que los deseos de unos no se opongan a las de los otros? Sin mal, sin adversidad, nada pasa. Como en el universo, antes de la existencia del hombre. ¿Quién nos hace reír, el Guasón o Batman? El Bien es aburridísimo. Tanto que ni siquiera los niños pequeños logran disfrutar por mucho tiempo las historias de Winny Pooh, donde todo es color de rosa, y a lo sumo es un ventarrón lo que se interpone entre los personajes y sus objetivos. Ya a los tres años mandan al oso meloso al rincón del olvido para buscar diversión en otras historietas con algo más de sal. “Y esta es su condena, que la luz ha venido al mundo, pero los hombres prefirieron la oscuridad.” Juan 3:19

Infinitamente más atractivo que el bien, el mal es el motor de la historia.

II. Personalidades creadoras

Somos seres rutinarios: el asadito familiar de los domingos, la seguridad de una pareja estable, el cuento de las buenas noches cuando niños. Historias que se repiten una y otra vez para crear una ilusión de seguridad que, tarde o temprano, será interrumpida por los imprevistos que, inevitablemente, nos obsequia la vida. ¡Y cómo nos quejamos cada vez que algo se interpone en el camino ya trillado del caballo que va a la noria! Nos quejamos, sí, pero si lo que pasa no es demasiado grave, o si no nos toca directamente, en el fondo estamos agradecidos. A nadie le viene mal un imprevisto de vez en cuando, sobre todo si no nos afecta negativamente: proporciona tema de conversación y una excusa para divertirnos. De ahí nuestro gusto por el escándalo, la mirada ávida con la que espiamos las vidas de los cantantes de moda, de las estrellas de televisión y los artistas. Ellos se atreven a lo que nunca osaríamos nosotros, aburridos mortales. En ellos brilla la chispa divina. Son como Dios, pero en menor escala: pequeños creadores, ignorantes de la moral burguesa y de las buenas costumbres, creen que el aplauso del público los hará inmortales.
Las personas que se apartan de la norma atraen y repelen. No puede evitarse fisgonear en sus desordenadas vidas pero, al mismo tiempo, el escándalo provoca sublevación. Esta ambivalencia hacia los espíritus más creativos no es gratuita: proviene de los mecanismos de sobrevivencia de la especie. Enfrentados a un mundo hostil, todos los animales debieron crear mecanismos de adaptación que ayudaron a garantizar su subsistencia. Muchos de esos mecanismos se mostraron exitosos y se convirtieron, con el paso de los milenios, en instintivos. Se trata de conductas difícilmente modificables que ocurren independientemente de la voluntad del individuo. Un ejemplo de conducta instintiva es la habilidad innata de la mayoría de las aves para construir sus nidos.

El instinto es una respuesta automática a un estímulo. Una respuesta que, una y otra vez, actua exactamente de la misma manera. Puesto ante el pecho de la madre, el mamífero recién nacido succiona. En la conducta instintiva la originalidad es inexistente. De ahí que lo opuesto al instinto, sea la creatividad. Nada más comprensible, entonces, que el rechazo que sentimos por todo lo nuevo: percibimos la originalidad como una amenaza, como una forma inútil e innecesaria de pavonearse frente al lobo hambriento.

Pero todo no termina aquí, porque para la especie humana, la más desvalida entre todas las especies, la creatividad es una herramienta esencial para la sobrevivencia. Y es que aunque todas las especies animales posean conductas instintivas, en general, cuanto más evolucionada sea la especie, más flexible será su conducta y menos predominante será el papel que el instinto juegue en su vida. De ahí que entre los mamíferos el aprendizaje prevalezca muchas veces sobre el instinto. El descubrimiento del fuego, los avances médicos, la invención de la rueda y de la escritura y, en general, muchos de los resultados de la curiosidad que nos caracteriza, fueron mecanismos que impulsaron a homo sapiens hacia adelante hasta erigirlo en los dueño del planeta. A costa de haber ido atrofiando sus instintos, se convirtió el hombre en la más creativa y original de las especies.

Paradójicamente, una vez que una conducta innovadora se muestra beneficiosa, la especie tiende a adoptarla y a enquistarla, anulando la misma creatividad que le dio origen. Como bien dijo Mark Twain: el radical inventa las posturas y, cuando se cansa de ellas, el conservador las copia. Habitamos un mundo que, por un lado, concede un alto valor a la creatividad (indispensable en la ciencia y en las artes) pero que, por el otro, la censura, sembrando miles de obstáculos en su camino, y fomentando instituciones como la escuela y la religión, que tienden a uniformar la manera de pensar, sentir y actuar de sus miembros. Se trata de subyugar a quienes son distintos, y ese esfuerzo sólo cesa cuando la oveja negra conquista el éxito o la fama. A partir de entonces, todo cambia: el desclasado deja de ser hijo pródigo y se convierte en un ídolo a quien se le conceden permisos de los que la mayoría carece.

III. Dios también se ríe

La imagen que nos hemos hecho de Dios está equivocada: serio, castigador, inflexible y aburrido, se trata del dios más conveniente para las clases dominantes, a quienes por razones políticas bastante obvias, no les convenía un Dios alegre, creativo, inovador, con chispas de locura y, a veces, ligeramente irresponsable. Al igual que casi todos los políticos exitosos, Dios nunca ha sido divertido. Como si el peso de sus deberes les doblegara la sonrisa. Como si tener una tarea de tanta importancia entre las manos, los dejara sin tiempo para bromas. La razón de su mal humor, sin embargo, es otra. Y es que para quienes detentan el poder es mucho más fácil defender y mantener el status quo valiéndose de la imagen de un creador autoritario y seguro de sus designios, que con uno alegre y ocurrente. La alegría es enemiga de la obediencia: ¿dónde se ha visto un preceptor de escuela que sea divertido, amado por los niños y, al mismo tiempo, rigurosamente obedecido? ¿Podría Moisés haber liberado al pueblo judío de Egipto diciendo que el dios que los guiaba era semejante a un juglar, un dios que se divertía con su creación y que, a pesar de sus importantísimas ocupaciones, tenía tiempo para reír? ¿Qué ejemplo daba un dios creativo a las criaturas por él creadas? No el de la obediencia ciega, claro está. Pero la obediencia sin preguntas es indispensable en la guerra, y de ahí que Moisés bajara del Monte Sinaí con los mandamientos esculpidos en piedra y con el mensaje de un dios severo, rígido y rencoroso. Un mensaje que aún hoy perdura y que nos situa bajo el reinado de un ser todopoderoso que desprecia la inventiva y la originalidad. Un ser cuya rigidez mental le hubiera imposibilitado crear un mundo en el que tantas veces priva el absurdo sobre la sensatez.

El error está en pensar que Dios se ocupa tan sólo de los asuntos importantes. Si los espíritus más creativos son precisamente aquellos que desafían las costumbres imperantes, aquellos que no se dejan doblegar por el peso de lo ya establecido, ¿por qué Dios habría de ser distinto? ¿O acaso componer sinfonías, pintar cuadros y escribir novelas son actividades esencialmente diferentes de la creación de sistemas solares, cadenas de ADN y agujeros negros que se tragan cuanto bicho ose pasear por sus inmensos predios?

Si el mundo que habitamos no es obra del azar, su inventor, lejos de asemejarse a un prelado de la Inquisición, debe tener la fantasía de Spielberg, la dulzura y la sutileza de Chaplin, la picardía de Sancho y la locura del Quijote. Esa es su mayor grandeza, y no las tablas de la ley. No sin razón, Cervantes, al escribir los capítulos en los que Sancho finalmente logra ser gobernador de la Insula Barataria, hace de él un gobernante excelso y bondadoso. Y es que otra cosa sería el mundo si las personas “importantes” tuvieran algo más de chispa y algo menos de rigidez en las sinapsis de sus enquilosados cerebros.

Revista Soles - Nº 90
Agosto de 2002

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